Todo eso que el mundo llama inteligencia y ciencia no es más que vanidad y orgullo.
M.·.M.·. J. W. Goethe

 

Si bien el título de este artículo podría resultar ambicioso y hasta petulante, entre hermanos debo decir que lo que este trabajo pretende no es más que ofrecer una lectura muy personal de lo que el símbolo ha representado y gatillado en mi proceso de aprendizaje masónico. Y es que cuando al masón se le ofrece la luz, no solo debe preguntarse cómo llegará a alcanzarla, sino que, por sobre todo, debe cuestionar qué es eso que se desea alcanzar. La luz, la verdad, el conocimiento, el saber, son conceptos difíciles de diferenciar filosóficamente, pero que para nosotros adquieren diversos sentidos en cada paso de nuestra formación y perfeccionamiento.

El método de enseñanza y aprendizaje masónico se centra en el símbolo y su interpretación, entendido éste como fuente cargada de significados múltiples, complementarios, que brindan al mundo un nuevo valor, y al intérprete una nueva lectura de lo que le rodea. Interpretar el mundo es, a mi modo de ver, una forma de entender qué hacemos los hombres en él, y de qué modo nuestras experiencias dan paso a una particular manera de estar y de ser como sujeto individual y como sujeto social. Sin embargo, la mayoría de las veces, y casi siempre en el mundo profano, esa experiencia se torna dicotómica y por lo tanto, reduccionista: bien y mal, arriba y abajo, hombre y mujer, vida y muerte, etc. se transforman en la estrategia de abordar el mundo y a sí mismo. Esta mirada polarizada del universo, obliga al sujeto a renunciar a una parte de la realidad para poder optar a la otra, en una constante pérdida.  Es  decir,  se  enfrenta  a  la  experiencia  de  la  renuncia.  En  la  historia  y  en  la  literatura encontramos sendos representantes de esta perspectiva: Ulises renunció a la familia por la Patria, Moisés renunció al poder para salvar a su pueblo, Dante renunció a la vida para recuperar el amor, Don Quijote renunció a la realidad para ejecutar el deseo, Hamlet renuncia a sí mismo para alcanzar la verdad. Como vemos, cada uno de estos personajes, que representan – de mejor o peor forma – el proceso de maduración del pensamiento y la moral humanas, se han debido enfrentar a la obligación de elegir, optar por una de las mitades en las que se fracturaba del Universo, la que se creía más propicia, honrosa,  necesaria  o  libertaria.  Vemos  entonces  un  permanente  abandono,  una  mutilación  de  la naturaleza que impide ser consciente del conjunto, del absoluto.

Para el pensamiento Masónico, el Universo no se reduce de este modo. Uno y otro se entienden en expansión y dinámica relación de cambio, por lo que todas las estructuras duales y auto-aniquilantes son insuficientes. Aquí es donde me planteo algunas preguntas que deseo compartir, y que me parece se hacen necesarias para construir críticamente el pensamiento masónico moderno. ¿Cómo hace el Masón para alcanzar el conocimiento? ¿Qué pierde y qué gana el Masón en esa búsqueda? ¿Qué relación epistemológica establece cada hermano, en tanto individuo, con la Verdad anhelada? El Masón ansía la Verdad, la busca, porque cree en ella. Y en su utilidad ve el ejercicio de una masonería desde el individuo para la sociedad. Cree en la existencia y trascendencia de esa verdad, mas no en su universalidad  o  univocidad.  Para  iniciar  su  búsqueda  la  M.·.  ha  rechazado  históricamente  la observancia del mundo en blanco y negro, y ha optado por la construcción y comprensión triádica del universo. En ese triángulo finito e infinito a la vez, el H.·.M.·. puede depositar las herramientas con las que desea iniciar su búsqueda, sean cuales sean: Dios, Razón, Doctrina, Justicia, Verdad, Belleza, etc., pero debe hacerlo instalando en cada una de las aristas de ese triángulo las diversas posibilidades de entendimiento, logrando así, teóricamente, alcanzar el Justo medio, el Equilibrio.

Hoy quisiera poner de manifiesto que hasta ahora, la tríada que me lleva hacia la búsqueda del conocimiento, que llamaré por ahora Belleza, es la compuesta por elementos históricamente relacionados de forma irreductible: el Hombre, el Lenguaje y la Naturaleza. Este sistema simbólico no es nuevo, y ha llevado a Hermanos a plantearlo en numerosas áreas del saber. La ciencia, fundamentalmente, desde el s.XVIII se preguntó por la forma de dominar el mundo desde la tekné (la técnica), así como también lo hiciera la literatura desde Iluminismo, el racionalismo o el naturalismo más pragmático y menos estético. Un caso interesante sobre este tema es el que se nos presenta en la obra inmensa “Fausto” del Q.·.H.·. que D.·.O.·.E.·. J.W. Goethe. El mito fáustico, de procedencia folcklórica y tradicional, nos plantea el problema del hombre que desea el conocimiento absoluto, para alcanzar el espíritu del mundo, el Zeitgeist hegeliano, pero que se enfrenta a su propia limitación humana. Fausto le entrega su alma al Mefistófeles a cambio del saber absoluto, sin llegar a abarcarlo. Este mito, es la síntesis del problema que subsiste en la construcción de un universo en disputa diádica, y que lleva indefectiblemente, tal como lo ha planteado Horkheimer en numerosas obras, a la crisis de la autodestrucción del sujeto moderno.

Si bien es verdad que nosotros interpretamos el mundo de otro modo, lo cierto es que ni la M.·. ni el Masón están libres de ser tentados por la consecución rápida y sin esfuerzo de su Verdad. Vender el alma al diablo, como hizo Fausto, sería el equivalente a un Masón que construye su catedral sin haber pulido y modelado su piedra bruta. Fausto pecó de ambición, y su condena comenzó cuando creyó que dominando todo el saber humano se transformaría en divinidad. El saber divino es divino y el saber humano es humano, atrevo a aventurar. Dada la imposibilidad ontológica de acceder y pertenecer al mundo como hombre y como divinidad a la vez – salvo honrosas excepciones, como la de Cristo  -,  ansiar  el  conocimiento  absoluto  podría llevar  al  sujeto  a  la  tragedia,  en  tanto  proyecto individual fracasado, en tanto modernidad encarnada, cristalizada en cada sujeto pese a todos los esfuerzos por perdurar. Fausto busca no solo triunfar sobre sí mismo, como entiendo busca la M.·., sino que salió a perseguir y dominar el mundo, y vio en la acción la vía para conseguirlo. La consciencia de Fausto, esencialmente contradictoria y crítica, no fue la causante de su tragedia. Su tragedia surge cuando, obviando su humanidad, pretende ser el recipiente de una verdad absoluta, unívoca y total.

En este sentido, el valor asignado al lenguaje y cómo cada sujeto buscaría re-crear el mundo a través de su uso, fraguarían la tríada fundamental que da cuerpo y sentido al símbolo masónico, y la razón   por   la   que   el   proyecto   fáustico   fracasa.   Fausto  reconoce   la   tríada   sujeto-lenguaje- naturaleza (como fragmentos de un individuo en búsqueda de poder) pero es incapaz de entender que la construcción originaria del Símbolo no responde a contextos históricos, e incluso ni siquiera filosóficos, pues establece vínculo con la esencia del universo. ¿Ha perdido la M.·. su vinculación con su lenguaje y la Naturaleza? Estoy convencido de que no.

Creo que nuestra aproximación al lenguaje mantiene ese nexo con el universo. ¿Cómo puede ser esto así? A través de un símbolo originario y natural, cuyo contenido no es sino la síntesis de la esencia del universo y sus misterios. ¿Existe ese lenguaje? Para Giambattista Vico, filósofo del lenguaje del s.XVII, ese lenguaje es el lenguaje heredado por la divinidad, el lenguaje creativo y creador, el lenguaje de Adán y de sus hijos. Recordemos que “al principio fue el Verbo”, por lo que la palabra era capaz de hacer, nombrar, nominar y destruir. Este Verbo es la acción. Qué debemos ser los Masones sino Acción. La interpretación de nuestros símbolos no debe queda en la especulación, en la metáfora puramente retórica del sofista. El lenguaje M.·. es una más de sus herramientas. No deseamos dominación ni ambicionamos poder. Sin embargo apostamos por el cambio de la sociedad. La consecución de dicha meta está completamente permeada por nuestras palabras y nuestros actos. Si lográramos que cada una de nuestras palabras se transformaran en acción, en potencia creativa, la línea de meta estará más cerca. No podemos reunirnos únicamente en la reflexión, tan necesaria como es. La única salida está en otro lenguaje, que no se disocie del mundo, sino que sea parte de él, un lenguaje originario y creativo que permita la unidad de la tríada inicial (sujeto-lenguaje-naturaleza), especular en tanto cada de una de ellas es parte y reflejo de la otra.

Si Fausto logra configurarse como sujeto, definitivamente no lo hace como demiurgo, pues finamente sucumbe al deseo de poder y de dominación. Las dos almas fáusticas se resuelven – no pudo haber sido de otro modo – a favor del proyecto moderno, y por lo tanto en contra del individuo. El alma del demiurgo se aniquila bajo la acción del desarrollo impulsada por el alma del moderno, pues Fausto domina, mas no es en la Naturaleza ni logra la unidad con ella. Nosotros, los masones, no podemos, no debemos caer en la tentación de la dominación, salvo en la de nosotros mismos. De este modo, el individuo y su sociedad mantendrán el vínculo natural con el lenguaje de la acción, la única que permite el cambio, la renovación y rompe la inercia de la autosuficiencia del proyecto fáustico.

Autor: FDLT.