Uno de los escritores británicos más populares del s.XIX y cuya fama no ha disminuido a casi cien años de su pase al Oriente Eterno, es sin duda Arthur Conan Doyle, quien logró inmortalizar al racional y excéntrico Sherlock Holmes, en una obra encantadora y de narración amable, llena de acción, intrigas, misterios y acertijos, capaces de absorber a cualquier lector medianamente curioso. Pero entre las numerosas aventuras del detective y su ayudante Watson, se encuentran rasgos que podrían pasar desapercibidos para el lector profano, pero que aluden a símbolos, valores y costumbres masónicas, que el autor, iniciado en los misterios de la Orden, quiso deslizar entre sus páginas.

Arthur Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo. Fue educado por los jesuitas y posteriormente estudió medicina, carrera de la que egresó en 1881. Desde su ingreso a la universidad, Conan Doyle experimentó tensiones espirituales y religiosas, que lo llevaron a tener duros conflictos familiares. Como resultado, el futuro autor buscaría respuestas en el espiritismo, cuyos principios investigó hasta sus últimos días, llegando a publicar History of spiritualism en 1926. Participó activamente en la campaña de Sudán (1898) y en la guerra de los Boers (1899-1902) junto al ejército británico, actos por los que recibió la distinción de Sir.

Aunque existieron algunas dudas sobre las fechas exactas, hoy sabemos que se inició en masonería el 26 de enero de 1887 en la Logia Phoenix Nº 257, a los 27 años. Menos de un mes después, el 23 de febrero, fue elevado a Compañero, y un mes después, es exaltado a Maestro Masón. Pasa a sueños en dos ocasiones, aunque sigue asistiendo a tenidas como visitante hasta 1911. Su logia lo honró con numerosas distinciones y reconocimientos, incluyendo una placa conmemorativa dedicada al hermano más famoso de la Logia Phoenix 257.

Comenzó a escribir hacia 1890, momento en el que crea a su más afamado personaje, Sherlock Holmes, y al que se dedicará, salvo por algunas temporadas de descanso, hasta su muerte, el 7 de julio de 1930. En sus personajes, que van adquiriendo cuerpo y carácter en la medida de que la pluma de su autor madura, Doyle pretende recrear la vida y sociedad del Londres de fines del s.XIX, poniendo de manifiesto toda la tecnología y adelantos que su época habría de entregar al mundo. Del mismo modo, Sir Arthur vio en el enorme éxito de Sherlock, la posibilidad de introducir aquellos valores que había adquirido o desarrollado en la masonería, dejando así huella de la simbología, usos y costumbres propios de la Orden. A continuación revisaremos algunos de esos momentos con tintes propiamente masónicos, que Doyle no pudo evitar incluir entre las aventuras de su genial investigador privado.

Aspectos masónicos en Sherlock Holmes

Ante todo, se debe indicar que la obra holmesiana de Doyle ofrece dos mecanismos de referencia masónica. Una, de carácter explícito y literal, que es accesible tanto para el lector profano como para el iniciado. La otra, latente y alegórica, comprensible solo para el iniciado en los misterios. Ambas se presentan conjuntamente en gran parte de las aventuras que, entre 1881 y 1907, protagonizan Sherlock y Watson.

Sobre el primer mecanismo, diremos que no son pocas las veces en que usos y costumbres masónicas o algún personaje masón (cuatro exactamente) son mencionados en la obra de Doyle, identificándolos con anillos, medallas u otros emblemas conocidos popularmente que, siempre visibles para el perspicaz Sherlock (y para el lector), facilitan su inmediato reconocimiento. Los especialistas han mencionado algunas aventuras canónicas como las más influenciadas por el pensamiento masónico, a saber, Estudio en escarlata (SCL), La liga de los pelirrojos (REDH), la Aventura del constructor de Norwood (NORW), y la Aventura del fabricante de colores retirado (RETI), fundamentalmente por la aparición de personajes masónicos. Pero es en El Valle del Terror donde la referencia a lo masónico se hace más evidente, pasando a ser cita obligada cuando se intentan abordar asuntos masónico-literarios en Doyle.  Revisemos algunos fragmentos de esta novela holmesiana.

El tercer capítulo de la segunda parte de esta pieza se titula Logia 341, Vermissa, y en él se describe el interior de un taller que, si bien no es estrictamente masónico, demuestra el conocimiento que Doyle poseía de aspectos ritualísticos y organizativos de una logia[1]. Uno de los pasajes más decidores es el siguiente:

“Un sábado por la noche, McMurdo fue presentado en la logia. Había creído que, por ser un iniciado de Chicago, le admitirían sin ceremonias, pero en Vermissa tenían ritos especiales de los que se sentían orgullosos, y todos los solicitantes tenían que someterse a ellos. La congregación se reunía en una amplia sala reservada para este fin en la sede del sindicato. En Vermissa se reunían unos sesenta miembros, pero esto no representaba, ni mucho menos, toda la fuerza de la organización, ya que existían varias logias más en el valle, y también al otro lado de las montañas que lo flanqueaban. Entre ellas se intercambiaban miembros cuando había en marcha algún asunto serio, de modo que se pudieran cometer crímenes y los autores fueran desconocidos en la localidad.”

Se observan acá detalles sobre los grados, y un lenguaje que no puede ser sino referencia a la masonería. Junto a esto, se pueden encontrar en este mismo texto un sinnúmero de frases y expresiones donde se manifiestan principios y valores masónicos, como por ejemplo “Donde haya una logia encontraré amigos”, “tiene que decidir la logia”, “la disciplina de la logia”, “vamos a hacer el brindis de la paz de la logia”, “enseñar las marcas de logia”, “esta logia, cuya dirección no conocéis”, “seremos una logia unida en palabra y obra”, “las contraseñas de la logia”, etc., etc., etc.

Añadiremos en este punto que es en El Valle del Terror donde aparece por primera vez el archienemigo de Sherlock, el profesor James Moriarty. Este personaje, que acechará al detective a lo largo de muchos años, es la otra cara de la misma moneda de la inteligencia: Sherlock al servicio de la justicia y Moriarty en contra de ella. Es muy importante destacar que estos personajes se respetan y admiran mutuamente, pues reconocen en el otro la mitad que los completa. La dualidad que mantiene el equilibrio en el mundo creado por Doyle no es sino el mismo que, simbólicamente, está en cada uno de nosotros.

En el segundo tipo de recursos, los latentes y alegóricos, las referencias son sutiles, más numerosas y ricas en carga simbólica. Será sobre este segundo recurso de referencia a la masonería la que deseamos analizar en nuestra exposición, aunque solo se puedan mencionar aquellos aspectos más interesantes.

No cabe duda de que el protagonista de las aventuras – esas que nos transmite Watson a través de sus cuadernos y anotaciones -, es la caracterización por antonomasia de la mente lógica-racional, a veces con un desapego tan absoluto de las emociones que es criticado por el propio autor. Sherlock es un hombre pragmático, empírico y experimental, que desea hacer de la deducción una ciencia exacta (cf. Estudio en Escarlata, Cap. II), y que desecha todo aquello que presenta tintes emocionales, juicios subjetivos o valoraciones espirituales. Aunque no podemos obviar del todo los aspectos emotivos del detective (cuya faceta metódica, solitaria e imparcial en el trabajo, esconde a un músico apasionado, a un sutil conversador, a un ingenioso actor, un lector sensacionalista y a un íntegro amigo), lo cierto es que Sherlock representa la exaltación de la razón y el “desprecio” por la emoción[1]. En este sentido, es muy clara la representación preeminente que del «librepensador» decimonónico elabora Doyle, consciente y partidario de los paradigmas científicos que dominaron su tiempo. Y así como Sherlock ha sido para algunos la encarnación de los principios kantianos de razón y experiencia como fuentes de conocimiento, Doyle incluyó en la arquitectura textual el contraste, la antítesis a la “razón pura”: Watson. Doyle evidencia, a través de Watson (su alter ego), que la razón pura sin sentimiento (fundamento metafísico) no genera siempre los mejores resultados, o al menos no los únicos. Watson es, en este sentido, la figuración de la “razón práctica”, en la que la ética que Sherlock no posee adquiere forma y sentido. Watson, el eterno enamorado, investigador visceral y aventurero desmedido, es acusado numerosas veces por su compañero de estar mancillando la validez de las actividades investigativas (pretendidamente empíricas) al incluir datos demasiado espurios y sentimentales.  Así, la dualidad que configuran los dos amigos, se trasforman en la tesis y la antítesis que el autor se encargará de sintetizar en cada uno de los complejos casos en que sus personajes se ven involucrados.

Por otra parte, los principios de «libertad, igualdad y fraternidad», confluyen en muchas de las conversaciones que el detective y su ayudante entretejen durante sus momentos de ocio, aunque no de manera patente. Los conceptos propiamente dichos aparecen en escasas ocasiones: la palabra “igualdad” se menciona solo dos veces[2], “fraternidad” aparece una vez[3]. En cambio “libertad” la podemos encontrar hasta en sesenta oportunidades a lo largo de toda la obra. Pese a esta aparente variabilidad formal, será el desarrollo conceptual de estos valores a los que podemos hacer seguimiento tanto en los diálogos entre los personajes, las etopeyas de héroes y villanos,  como en los valores que encarnan los protagonistas. No se debe perder de vista que la pareja Holmes/Watson viven y se desviven para hacer justicia (no necesariamente para hacer cumplir la ley), para ayudar al prójimo y para evitar el desorden social. Watson nos relata que en un par de trabajos, Sherlock llegó a evitar guerras internacionales, utilizando medios “no convencionales” o haciendo uso de sus poco ortodoxas redes (como los «Irregulares de Baker Street»[4]). Con esto, queda de manifiesto que el objetivo último de ambos investigadores no otro que el de hacer el bien, incluso sin recibir remuneración alguna por sus esfuerzos.[5]

Filantropía, razón, justicia, solidaridad, amor fraternal, bien armónico, paz duradera, buena voluntad… Sin duda parecen conceptos afines a los principios y valores que defiende y practica la masonería, y que podemos observar (y admirar) en cada acción de los entrañables investigadores de Baker Street 221 B.

Para finalizar, comentaremos que algunos autores holmesianos, masones o no, han intentado establecer la pertenencia de Sherlock Holmes y John Watson a la masonería. Cecil A. Ryder Jr., por ejemplo, en su breve trabajo titulado “Un estudio en masonería”[6] afirma que no existen dudas sobre la condición de masón de Holmes. Describe lo que sería la invitación que Sherlock hace a Watson para ingresar a la orden y el encuentro que se produciría entre médico y su propio creador. Sin embargo, afirmar o negar tal cuestión resulta improductivo, pues no hay datos que permitan llegar a una conclusión certera. Que Sherlock fuese capaz de reconocer la pertenencia a la masonería de algunos de sus clientes por los signos que portaban (compás y escuadra), no deben sorprender al lector, dada la capacidad de observación y los conocimientos que el detective manejaba. Por el contrario, de ser Holmes y Watson hermanos masones, resulta curioso que no trataran a esos clientes como hermanos. Salvo que Watson hubiese tenido la cautela de no mencionarlo en sus anotaciones. De lo que no cabe duda es que la relación que estos amigos forjaron, es un ejemplo de fraternidad digno de ser imitado dentro de nuestra orden.

Bibliografía

Anónimo (2013): Construyendo nuestro modelo sociológico con Sherlock Holmes – Roastbrief. XY Asociados. Disponible en http://www.roastbrief.com.mx/2013/07/construyendo-nuestro-modelo-sociologico-con-sherlock-holmes/

Cerza, Alphonse (1981): Sir Arthur Conan Doyle: freemason. The Royal Arch Mason Magazine (13, nº12, pp. 379-380, ilus.)

Couvert, R. J. (2012): Sir Arthur Conan Doyle. En Gaceta informativa. Disponible en http://gacetainformativa.blogspot.com.es/2012/01/sir-arthur-conan-doyle.html

Doyle, Arthur Conan (2003): Todo Sherlock Holmes. (Ed. Jesús Urceloy). Mezki.

López, Mario (2014): Sherlock Holmes del hermetismo (exoterismo y esoterismo). Disponible en http://iluminando.org/2014/01/06/sherlock-holmes-del-hermetismo-exoterismo-y-esoterismo/

Mannaz (Simb.·.) (2012): Historia Masónica: Sir Arthur Conan Doyle. Disponible en http://historiamasonica.blogspot.com.es/2012/01/sir-arthur-conan-doyle.html

Museo virtual de historia de la masonería: Artículo sobre Arthur Conan Doyle. Disponible en http://www.uned.es/dpto-hdi/museovirtualhistoriamasoneria/14literatura_y_masoneria/conan%20doyle.htm

[1] Cabe recordar que en el cap. II de Estudio en escarlata, Watson realiza por primera vez un listado con los conocimientos que Sherlock posee en diversas áreas. El listado es el siguiente: “Literatura, cero; filosofía, cero; astronomía, cero, política, ligeros; botánica, desiguales. Al corriente sobre la belladona, opio y venenos en general. Ignora todo lo referente al cultivo práctico; geología, conocimientos prácticos, pero limitados […], química, exactos, pero no sistemáticos; anatomía, profundos; literatura sensacionalista, inmensos. Parece conocer con todo detalle todos los crímenes perpetrados en un siglo. Toca violín. Experto boxeador y esgrimidor de palo y espada. Posee conocimientos prácticos de la leyes de Inglaterra.”

[2] Cf. “…absoluta libertad…” (El misterio de Boscombe Valley); “…igualdad de condiciones…” (La aventura de Abbey Grange).

[3] Cf. “…algunos miembros de la fraternidad…” (El Valle del Terror)

[4] La cursiva es nuestra.

[5] No existe consenso entre los especialistas respecto a la fuente de ingresos de Holmes. Aunque se conoce que recibió altas sumas de dinero por trabajos realizados a políticos importantes, no llega a explicar los largos periodos de inactividad por los que pasaba. Se ha mencionado la ayuda de su hermano Mycroft, quien se desempeñaba en un importante puesto gubernamental, o de una importante herencia familiar de la que posiblemente disponía. Es el mismo Watson quien menciona repetidas veces su curiosidad por saber cómo hacía su amigo para sobrevivir, conjeturando que su extrema austeridad o su inapetencia en situaciones de trabajo, podrían permitirle sustentarse con muy escasos recursos.

[6] Ryder Jr., Cecil A. (1973): A Study in Masonry. Sherlock Holmes Journal, nº 11, pp. 86-88.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Es curioso que Doyle representara aspectos de la estructura interna de un taller masónico encarnada por una banda de asesinos. Es tal vez sea una ironía respecto a todas las leyendas oscuras que, hasta hoy, rodean a la Orden. El autor nos refiere lo siguiente sobre la estructura interna de la logia: “McGinty se sentaba a la cabecera de la mesa, con un gorro plano de terciopelo negro sobre su enmarañada cabellera negra y una estola morada alrededor del cuello, que le hacían parecer un sacerdote presidiendo algún ritual diabólico. A su derecha y a su izquierda se sentaban los altos cargos de la logia, entre los que destacaba el rostro cruel pero atractivo de Ted Baldwin. Todos ellos llevaban alguna banda o medallón como emblema de su cargo. En su mayor parte eran hombres de edad madura, pero el resto de la congregación estaba formado por jóvenes de dieciocho a veinte años, agentes diligentes y eficaces que ejecutaban las órdenes de sus mayores”, demostrando un conocimiento de joyas y arreos típicamente masónicos.