En honor a Francisco Bilbao, nacido un 9 de enero de 1823, fruto de la unión de don Rafael Bilbao y doña Mercedes Barquín, el provocador, agitador e intelectual destacado y respetado de la incipiente República de Chile, el que de manera continua interpela a una sociedad colonial, conservadora y religiosa, dejamos a los lectores, extractos de su pensamiento plasmado en uno de sus discursos masónicos como miembro activo de su Logia Unión del Plata, por motivo del reconocimiento al Gran Oriente de Francia:

“No habrá democracia radical si el hombre no profesa la religión de la razón que es la base de la libertad. Y como la teocracia simboliza la usurpación de la razón, de la facultad del libre pensamiento, del derecho sagrado de la interpretación del ser y de sus leyes, es claro que toda religión positiva que se impone por la autoridad de la fe ciega, de una tradición indiscutible, de una revelación temporal que ella sola, o su iglesia, sacerdocio o pontificado posee como heredero directo, y como interpretador permanente e infalible, es una religión, es una iglesia, es un sacerdocio y es un pontificado que, arrancando a la libertad de su base, y que, destruyendo con el privilegio de la revelación el principio de la igualdad, engendra necesariamente el despotismo religioso, el despotismo político y social, la desigualdad de los hombres, y establece las castas en el seno de nuestro nuevo mundo, ansioso de libertad y de igualdad.

Y hoy asistimos a la caída de esa religión, acontecimiento inmenso, era nueva que se abre y ante cuyo espectáculo es necesario preguntarse: ¿quién será el heredero de esa fe, de esa autoridad y de esa Iglesia? A lo que podemos contestar con las palabras de Alejandro moribundo: cuando preguntado sobre el heredero futuro del imperio, contestó: “el más digno”.

Lo mismo podemos decir nosotros. Podemos dirigir a todas las religiones positivas existentes la interpelación suprema preguntando por el heredero de la fe, de la autoridad y del pontificado católico. ¿En dónde está la religión que se presenta para llenar ese vacío? ¿Cuál es el dogma más elevado y comprensivo que pueda satisfacer el alma humana en nuestros días? ¿Cuáles son los brazos que se alzan para sostener la basílica que se desploma sobre la frente de la humanidad católica? ¿O pretenderemos vivir o edificar en las ruinas del antiguo templo derribado por el Sansón de la filosofía? No. No veo a ninguna religión positiva presentarse para reemplazar y sobrepujar a ese dogma; a ninguna autoridad más fuerte, a ningún pontificado más espléndido, a ninguna Iglesia más empecinada.

No hay sino una verdad, una justicia, una moral. Los mismos principios, máximas y axiomas han sido proclamados en las alturas del Tíbet, a las orillas del Ganges, en los valles de Persia, en los misterios de Egipto, en los templos de la Grecia. Confucio y Zoroastro, Sócrates y Cristo, Mahoma y Lutero, y hasta el mismo Ignacio de Loyola han proclamado los mismos principios de moral. Entonces, ¿por qué esa diferencia tan grande en el movimiento de los pueblos, en la condición de las sociedades, en el destino del hombre? ¿Por qué no hay pueblos virtuosos, por qué no se practica la moral, por qué la humanidad que reconoce una ley no forma una familia? ¿Por qué el odio, por qué la guerra, por qué la excomunión permanente, por qué el fuego y el hierro esgrimidos a nombre del mismo Creador, para atormentar, dominar o exterminar al hombre? Porque los dogmas son diferentes.

Si los dogmas, entonces, son la causa de la diferencia, del despotismo, de la guerra, ¿por qué no proclamamos la supremacía de la moral y abandonamos el dogma a la perpetua elaboración del pensamiento? He aquí la segunda consideración que someto a vuestra meditación”.