Hacer mención a la poesía y antipoesía es situarnos en una antigua polémica que data de la vieja disputa que existía entre retóricos y filósofos sobre el uso de la palabra, en la antigua Grecia.

En la antigüedad la palabra se asociaba al logos, es decir, al conocimiento primigenio que emana de lo más profundo del ser y que era tributario de la palabra creadora, fundacional: tenía que ver con la búsqueda de la verdad. La palabra, en este caso, y el arte de la poesía abrigaba como propósito develar la existencia que se encontraba oculta en la naturaleza. El poeta era un intermediario entre los dioses y los hombres para darles a conocer a estos la verdad primigenia.

A partir de este momento se instala la idea del vate como aquel demiurgo que es capaz de interpretar y leer la naturaleza divina, y a través de la poesía simbólicamente entregársela a los seres humanos. El poeta es el exégeta que a través de la palabra es capaz de establecer un puente entre los hombres y los dioses, gracias a la poesía.

Por este motivo la poesía y el arte, en general, se asocian con la inspiración, con aquella actividad en donde una divinidad o una fuerza sobrenatural le entregan las ideas o conceptos para llevar a cabo una obra. La inspiración no es propia del esfuerzo o trabajo escritural, sino que nace de manera espontánea.

Cuando hablamos de una obra de arte estamos haciendo alusión a un objeto que es propio de la creación vía inspiración de su autor, al que se le atribuye una función estética. Es el resultado del conocimiento del ser humano que nos da cuenta de una verdad trascendente que gracias al oficio del vate podemos conocer.

Los conceptos de vate, inspiración y obra de arte tienen que ver con una mirada logocéntrica de la realidad y por ende de la poesía, en nuestro caso en particular se reconoce en la figura del poeta como creador.

La función de la poesía como creación arranca del concepto de poiesis que significa creación. Platón la entiende como la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no – ser a ser. Es la tarea del poeta como demiurgo: creador. Implica trasladar del mundo de las ideas la verdad y materializarla través de la palabra para darla a conocer a las personas.

Parra rompe con esta tradición que Derrida denomina logocéntrica y hace suyo el uso  que los retóricos sostenían respecto del lenguaje y de la poesía como trabajo escritural. En oposición a la poiesis adscriben al concepto de techné que tiene que ver con considerar a la composición poética como una mera actividad técnica del lenguaje, es decir, un conjunto de procedimientos lingüísticos cuyo destino es en función de un quehacer escritural, desprovisto de toda función metafísica. Se priva a la lirica de toda su carga semántica de trascendencia situándonos en el aquí y ahora.

En este contexto el vate como creador deviene en hacedor, en constructor de lenguaje, defenestrando al verbo y por consiguiente al logos de su concepción metafísica. La palabra es un simple recurso que nos muestra una realidad desprovista de su envergadura espiritual. Se establece la materialidad del proceso escritural y del poeta, destituyéndolo de su aureola de semidios. En su poemario Manifiesto, Parra nos dice que los poetas bajaron del Olimpo significando con ello la característica material del ejercicio literario.

La dicotomía poesía – antipoesía como se puede apreciar estriba en la supremacía de la escritura por sobre la palabra poética. La diferencia entre phoné y traza va a marcar la desconstrucción ideal del sonido como significante de un significado espiritual. Por el contrario, la escritura va a ser el significante de un significante material. Se anula la concepción del significado primario que le da consistencia al ser poético, institucionalizándose la concepción de sujeto poético.

La obra poética de Parra nos da cuenta de esta mirada antilogocéntrica. Es el primer poeta que a través de su hacer poético nos establece la función de oficio, de técnica escritural. La creación poética queda desterrada, se trastoca por el oficio de escritor o hacedor. Para Parra, la poesía es un juego de palabras o figuras literarias donde prima el ingenio o la sátira. Desnaturaliza el sentido sacro del vate y el de obra de arte como portador de un significado único y primigenio; se implanta el concepto de texto como portador de múltiples significados y de un sinfín de lecturas. Con ello mueren los exégetas.

Como podemos apreciar Nicanor Parra nos ofrece no sólo poesía sino transgrede los cánones de ésta entendida como logos. Por ejemplo, Neruda es uno de los exponentes más preclaros de esta tendencia; y en consecuencia Parra del antilogocentrismo. Por esta razón polemiza con Huidobro calificando a su poesía como  poesía de pequeño dios o tildando a la poesía de Rokha de toro furioso y a la de Neruda de vaca sagrada.

Se nos fue un grande de la poesía chilena y un teórico del ejercicio  y hacer poético. Hizo de la poesía un encuentro ya no con el vate sino con el poeta de carne y hueso que transita por la vida como cualquier ciudadano, dejando de lado la arrogancia del ser poético: bajó definitivamente a los poetas del Olimpo.

M.·.M.·. Fulvio Ciaffaroni Jara (Ph.D)