Introducción

Adentrarse en la obra más importante producida en lengua castellana, considerada como una de las más influyentes en la literatura universal, representa un enorme desafío para cualquier lector. La multiplicidad de lecturas e interpretaciones que han arrojado los cuatro siglos de vida de esta novela demuestran su vigor y su actualidad, pero además evidencian la complejidad de su estructura y la riqueza de su contenido. Los temas que Cervantes plasmó en la figura del manchego hidalgo, su escudero Sancho y los innumerables espacios y personajes que los rodearon, hablan de un entramado literario que da cuenta no solo del ingenio del autor, sino que además nos permite conocer un contexto histórico y social particular, configurado por un universo simbólico y alegórico que formaba parte de la caja de herramientas que utilizaron muchos escritores del siglo XVII y del que Cervantes supo sacar el máximo provecho.

Cuando se publica la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quixote de La Mancha, Cervantes pretendía, según anuncia desde el mismo prólogo, elaborar una parodia a la literatura caballeresca que durante la Baja Edad Media había dominado la escena literaria, y que a su juicio estaba muy por debajo de la calidad estética que poseyeran los clásicos greco-latinos, aunque rescata de ellos el ideal caballeresco de la honra y la búsqueda del bien social. Sin embargo, prontamente la obra fue adquiriendo ribetes más amplios y complejos, vinculados al el enorme bagaje cultural de Cervantes y a las infinitas posibilidades que ofrecían sus personajes.

La obra de Cervantes ha sido considerada por muchos como un «canto a la libertad», refiriéndose al ideal quijotesco que busca retornar a un pasado virtuoso, una “Edad de Oro”, en la que el ser humano accedía a la justicia por medio de sus propias acciones. La figura del caballero andante es, en la cabeza del manchego hidalgo y su creador, un paladín de esa justicia que en el siglo XVII parecía estar fuera del alcance del pueblo, y que Don Quijote vendría a restituir mediante la acción directa en el espacio social que lo rodeaba. Como veremos, el personaje de Alonso Quijano y su concreción idealista en Don Quijote, representan la preocupación por temas humanos universales, abriéndose a múltiples lecturas e interpretaciones que adquieren interés y validez en cualquier momento histórico. Es por lo anterior que intentaremos desmenuzar algunos elementos de la inmortal novela vinculados con el pensamiento y el programa ético-moral masónico, en relación a las enseñanzas que de forma explícita o simbólica se ofrecen en la obra.

Desarrollo

Al publicarse la primera parte de El Quijote (1605), era aún la masonería operativa la que ocupaba los espacios de acción y reflexión en toda Europa, en tanto la masonería especulativa estaba a poco más de un siglo de instituirse. Es justamente el siglo XVII la etapa histórica en la que la masonería operativa reconoce que la tarea intelectual se hace más necesaria que la labor constructora, cuando la profunda crisis de fe, el desarrollo de las grandes metrópolis y el desarrollo del empirismo invitaban a reformular y repensar la sociedad que se estaba fraguando. La masonería ejerció su influencia en la sociedad y el pensamiento barrocos, siendo determinantes en el proceso de configuración del ideal moderno, en tanto ponía al centro de la preocupación filosófica al hombre y su relación con el universo, la necesidad de la fraternidad como pilar del progreso y la igualdad como argamasa de la justicia social. Con ello, la necesidad de establecer paradigmas adecuados a las nuevas demandas sociales, hizo que los intelectuales detectaran la importancia de profundizar los lazos sociales que aseguraran la estabilidad de un mundo en el que los cambios se producían con mayor celeridad que nunca, y donde la vorágine del progreso parecía debilitar los valores que habían defendido los otrora constructores y picapedreros. Los que habían sido los constructores de los templos a la fe serían a partir de ahora los constructores de los templos a la razón.

En este marco de profundos cambios es cuando Cervantes publica su obra, rescatando muchos de los problemas y demandas que el mundo barroco había puesto en discusión y reelaboración, encaminado ahora hacia el paradigma moderno. No es casual, entonces, que El Quijote sea considerado por la crítica como el puntapié inicial de la literatura moderna, pues en sus páginas encontramos desarrollado el más importante dilema de la modernidad, y uno de los principales eslabones de la pedagogía masónica: la lucha del hombre consigo mismo, reconociendo sus virtudes y sus defectos, y por tanto, encarnando el anhelo de la perfectibilidad humana. Para el desarrollo de esta problemática, Cervantes nos presenta, de forma magistral, dilemas universales con un profundo sentido crítico y analítico, ofreciendo  con ello enseñanzas que pasamos a describir brevemente, desde una perspectiva literario-masónica de carácter analógico:

  1. Las tres salidas de Don Quijote. Es necesario destacar que la configuración heroica de Don Quijote se realiza en tres momentos dentro de la obra, conocidos como las «tres salidas». En cada una de ellas, el personaje evoluciona, adquiere nuevos conocimientos y aprende a utilizar de mejor manera las armas y herramientas (materiales e intelectuales) del caballero. Al igual que en la masonería simbólica, Don Quijote pasa por un proceso de iniciación, uno de comprensión del mundo y otro de acción sobre él. En términos simples, podríamos establecer una relación entre estas tres etapas vividas por el personaje con los tres primeros grados de la masonería simbólica, donde el iniciado, el compañero y el maestro adquirirán los conocimientos y habilidades necesarias para estar en el mundo.

La primera salida, que comprende los capítulos 1 al 5 de la primera parte, narra cómo Don Quijote, en su deseo de ser reconocido caballero, llega a una venta que él cree castillo, y le pide al ventero, supuesto señor del palacio, que lo ordene caballero. Vela sus armas por la noche, sin más luces que la de la luna, en un acto de reflexión y autoconocimiento. Veladas las armas, el ventero, con un falso libro sagrado entre las manos, le toma el juramento y lo ordena caballero andante, momento en el que el recipiendario promete proteger a los débiles y necesitados incluso a costa de su propia vida. Este pasaje de la obra nos remite a la iniciación masónica, pues es en esa venta donde muere Alonso Quijano y toma vida Don Quijote. La iniciación, entendida como un acto sagrado en el que el hombre renuncia a su vida pasada para iniciar otra dedicada a la búsqueda de la justicia, está presente, mutatis mutandis, tanto en esta primera salida del personaje, como en el rito masónico de iniciación. El carácter sagrado de la ceremonia, la soledad reflexiva del individuo, la tenue luz que adorna el lugar, el toque de espada en los hombros del iniciado, y otras numerosas señas respaldarían la analogía.

En la segunda salida, comprendida entre los capítulos 7 y 52 de la primera parte de la obra, Don Quijote regresa a su villa, y va a buscar a alguien que lo ayude en sus andanzas, a son de escudero y acompañante. Encuentra a Sancho Panza, incauto labrador que al escuchar que habría riquezas e ínsulas de por medio, no duda dos veces en montar sobre su rucio, y transformarse en el compañero de vida de Don Quijote, su contrapunto, su antípoda, el blanco y el negro en el tablero de la vida. En ellos se observa la capacidad de aprender de otro, de tolerarse mutuamente y de aceptar los mundos interiores que cada uno representa. Como en masonería, el compañerismo se ve expresado en la capacidad de ambos de reconocerse y encontrar en el Otro la perspectiva necesaria para completar una mirada global del mundo. En la unión fraternal de los dos personajes se halla la esencia del Jano Bifronte, de la dualidad reunida en el justo medio. A Don Quijote le permite poner límites a su locura, en tanto a Sancho le abre la posibilidad de la imaginación y el ensueño.

La tercera salida, que comprende toda la Segunda Parte de la obra, (1615), manifiesta la comprensión del mundo y la aceptación del otro. Mientras Don Quijote representa el idealismo, la ensoñación y la creatividad, Sancho, en cambio, encarna lo terrenal, lo concreto y lo pragmático. Cada uno, desde sus saberes específicos, enfrenta un mundo que ha perdido los valores, y juntos van comulgando en una simbiosis que les permitirá hacer de su época un lugar más justo y más habitable. Se necesitan mutuamente, y uno no puede ser sin el otro, pues han quitado la importancia del «Yo» para dar paso al «Nosotros». Se han convertido en una fraternidad o, apelando a la etimología, a una cofradía indisoluble.

  1. La cueva de Montesinos. El capítulo XXII y XXIII de la Segunda Parte, conocida como «La aventura de la cueva de Montesinos» es para muchos investigadores el pasaje de mayor carga simbología iniciática de toda la obra. En él, Don Quijote decide descender a una gruta oscura, ayudado de una cuerda, en donde encontrará dos caminos entre los que debe elegir, y vivirá aventuras fabulosas que narrará detalladamente más tarde. Al salir de la cueva, después de media hora, según calcula Sancho, Don Quijote afirma que para él han pasado al menos tres días, lapso en el que ha vivido la experiencia más fabulosa y profunda de su vida. Les dice a quienes lo acompañaban “amigos, que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño o se marchitan como la flor del campo” (I, 22). La cueva de Montesinos, en tanto representación del mito de descenso a los infiernos, se puede interpretar como una alegoría de la Cámara de Reflexión masónica, donde se produce la experiencia interior de autoconocimiento, la pérdida del sentido del tiempo y, sobre todo, la necesidad de tomar una elección vital entre la virtud o el vicio. Dos detalles llaman la atención. Primero, que la cueva de Montesinos se encuentre geográficamente en el corazón de La Mancha, en Osso, que significa “lugar de huesos” o “sitio de entierro”, lo que nos remite nuevamente la Cámara de Reflexión masónica y a los elementos que la adornas. Finalmente, destacamos, que cuando Don Quijote sale de la cueva Sancho le dice a su señor: “Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz de esta vida“, ofreciendo con ello la idea de una vuelta a la vida, un renacer que también podemos reconocer en el rito de nuestra iniciación.

 El discurso de «las armas y las letras». Quisiéramos también referirnos, de forma muy breve, al famoso “Discurso de las armas y las letras” que enuncia Don Quijote en el capítulo XXXVIII de la Primera Parte de la novela. En él, el Caballero de la Triste Figura recuerda el tiempo pasado o Edad de Oro en el que se defendía el honor entre caballeros, lamentando que sean ahora la pólvora y los cañones los que terminan con la vida de hombres valerosos. Defiende así mismo la nobleza de la espada, aduciendo que la finalidad de ellas es mantener la paz en el mundo, y no hacer la guerra. Sostiene que las letras son las que permiten al hombre escribir las leyes que aseguran el orden social y enriquecen la mente humana. Con todo ello, defiende la importancia de que todo hombre deba ser tan ágil en el uso de la espada como en el uso de la palabra, para defender la justicia, el honor y la familia. Este ideal de hombre integral es, a nuestro juicio, una referencia a la necesidad de que todo ser humano trabaje su cuerpo y su mente, buscando su perfectibilidad con la finalidad de ofrecerla a la sociedad. Así como Don Quijote trabajó para configurarse como la mejor versión de sí mismo, el masón debe pulir su piedra para que sus capacidades intelectuales y materiales puedan enriquecer el espacio en el que actúa.

Pero la importancia de este capítulo va incluso más allá. El cervantista británico Anthony Close, “identifica a don Quijote con el propio Cervantes y le equipa de una ideología de librepensador republicano. Para este crítico, el discurso de la Edad de Oro proclama los ideales de libertad, igualdad y fraternidad; Dulcinea del Toboso simboliza el Libre Pensamiento” (Close 2004). Es sin duda una alusión directa a los principios fundantes de nuestra orden, y que posiblemente Cervantes recibió de los intelectuales masones operativos de su época. En síntesis, este discurso puede dar cuenta de la importancia que Cervantes daba a la integridad y a la acción del hombre en su mundo, del mismo modo que nuestra Orden lo ha pregonado durante siglos.

  1. La Santa hermandad. Para finalizar, simplemente una nota. En el capítulo XLV de la Primera Parte de la obra, Cervantes nos habla de una institución española poco conocida, denominada “La Santa Hermandad”. Se trataba de un tribunal autónomo que se dedicaba a implantar la ley en espacios rurales, allí donde las instituciones del reino no se hacían presentes. Este capítulo recuerda el episodio en el que Don Quijote quita las cadenas a unos delincuentes, pues para él ningún hombre puede ser privado de su libertad. Ante esa acción, la Santa Hermandad llega a buscarlo, pues lo que ha hecho no se apega a la ley del reino. Sin embargo, cuando Don Quijote explica la razón de su acto libertario, la Santa Hermandad determina que ha sido una acción justa y dejan al caballero seguir su camino. ¿Quiénes eran esos hombres que impartían justicia? Cervantes deja plantada la duda en el lector.

 Conclusiones

La majestuosidad de la obra que se ha glosado tan escuetamente, ofrece tantas lecturas que la presente plancha no alcanza a rozar siquiera su enorme riqueza simbólica. Me he limitado, únicamente, en honor al tiempo que me regalan hoy mis QQ.HH., a glosar algunos temas y conceptos que nos permiten reconocer un vínculo interpretativo entre la opera magna de Cervantes y la masonería, invitándonos a releer y maravillarse con las enseñanzas que Don Quijote nos entrega. La principal es quizás la búsqueda de la libertad enfrentando cualquier obstáculo. Se sigue la fraternidad, el vínculo indisoluble entre dos personas que se cristalizan en las figuras de Don Quijote y Sancho. Finalmente, pese a la belleza lingüística de la obra cervantina, la vida de Don Quijote nos demuestra que “las acciones, más que las palabras, hablan por nosotros”.

Por TUPAC.

BIBLIOGRAFIA

  • Cervantes, Miguel de: El ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha. Real Academia Española, São Pablo, 2004.
  • Martin, Kathleen: El libro de los símbolos: reflexiones sobre imágenes arquetípicas. TASCHEN, Madrid, 2010.
  • Fernández del Valle, Agustín: Filosofía del Quijote: (un estudio de antropología axiológica), en Revista Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, nº 62, cap. III. Disponible en http://www.arbil.org/(62)basa.htm
  • Close, Anthony: Las interpretaciones del Quijote. Instituto Cervantes, 2004.