¿Quién tiene la Razón? Todos, respondería Habermas. Porque de lo que se trata es de hallar los medios para entendernos. Ninguno es más, ninguno es menos; no a priori al menos. Todos tienen aspiraciones, voliciones legítimas, pero que deben ser canalizadas de forma adecuada a fin de que no se destruyan mutuamente. Izquierdas y derechas, blancos y oscuros pueden llegar a entenderse si procuran las condiciones para descifrar medularmente sus posiciones y, poniéndolas a disposición de la crítica sana, haciendo a un lado cualquiera pasión malsana que entorpezca el raciocinio, sorteando la irritación, con la más grande paciencia, comprometerse a reformularlas en un todo integrado que tenga sentido para ambos lados. “Tú entiendes por ‘felicidad’ esto y yo, por mi parte, esto otro. Está bien, podemos llegar a un consenso si reconoces la legitimidad de mis reparos sobre tu noción de felicidad y yo reconozco las observaciones sobre la mía”. Un acuerdo bilateral y no un trade-off negociado, donde todos ganan y dan cumplimiento a la máxima de Baruch Spinoza: “Una sociedad es un individuo colectivo que potencia las posibilidades y derechos de sus miembros”.

A punto de cumplir nueve décadas, el pez gordo de la filosofía y sociología contemporáneas, y autor de la monumental Teoría de la Acción Comunicativa, se muestra severo:

¡Por Dios, nada de gobernantes filósofos! –exclamó en entrevista con el diario El País hace algunas semanas.

Cuesta, sin embargo, pensar que un constructo tan promisorio como el suyo no encuentre una vía de implementación algún día, sobre todo ahora con el advenimiento de la Inteligencia Artificial. Además, no podemos dejar pasar inadvertida su preferencia por Emmanuel Macron, el actual presidente galo, quien es filósofo de formación y cuya tesis versó sobre el último idealista alemán, me refiero a Hegel, fuente de la que demás está decir Habermas bebió de forma intensiva para el desarrollo de su teoría.

Cuesta también no tentarse ante el escenario de una depuración de la política como la que compromete implícitamente su trabajo. Porque una acción comunicativa aplicada en toda regla implicaría una gran reforma de la política moderna, las honras fúnebres y el entierro terminante de su padre, Maquiavelo. Adiós a la astucia del zorro, adiós a la garra opresora del león y, en fin, adiós a la dialéctica maquiavélica que ha empantanado sempiternamente el despliegue puramente racional de nuestra Civilización, un despliegue donde razones y pasiones no se detraigan más. El entendimiento entre los ciudadanos de una sociedad se daría desde la más inmaculada honestidad de conciencia. Nos entenderíamos todos porque querríamos y porque habríamos hallado los medios para hacerlo. Todo un hito civilizatorio. ¡Todo un mundo ignoto! Las ideas construyen mundos, para bien y para mal, y el legado habermasiano hace un llamado a la construcción de uno nuevo, corazón a corazón.

Hoy, sí, celebramos el 89º cumpleaños de Jürgen Habermas. Son ochenta y nueve primaveras y ochenta y nueve inviernos, pues la vida del profesor ha abarcado la mayor parte del siglo pasado –guerras mundiales y militancia obligada en las juventudes hitlerianas inclusive –, y ya prácticamente un quinto de este tecnocientífico siglo XXI. Pero ¿dónde está el móvil de sus reflexiones? ¿Adónde nos convocan? Habermas parece apuntar sobre todo a algo así como una “paradoja del Leviatán”, la cual consistiría en que, como emulando al doctor Frankenstein, en la forja de un dulce hogar llamado Sociedad, hemos caído víctimas de nuestro propio invento: la complejización del aparato social no ha ido de la mano de un crecimiento ni siquiera aritmético de la libertad de entendimiento, es decir, de la libre disposición de las capacidades cognitivas para su desarrollo integral, aumentando en cambio su sacrificio superfluo. Esto explicaría, además, aquella otra paradoja relativa a la Era de la Información, toda vez que esta no parece crear ciudadanos más cultos, empoderados conscientemente, sino más bien al revés.

Dice Gil (2005), por ejemplo, interpretando a Habermas:

Los subsistemas económico y estatal se desacoplaron del mundo de la vida y se estabilizaron mutuamente mediante organizaciones que (como las empresas y la administración) retienen un anclaje institucional con el mundo de la vida a través de la positivización jurídica. Esos subsistemas, regulados por los medios de control (el dinero y el poder administrativo), han desarrollado una dinámica autónoma con la que no sólo imponen sus imperativos funcionales sobre las esferas pública y privada del mundo de la vida, sino que terminan generando patologías sociales.

La preocupación y el llamado que hace el profesor apunta, por consiguiente, a la reunificación de los subsistemas sociotécnicos con el mundo de la vida. Dicho en términos coloquiales: que sea el engranaje el que corra por la ventura nuestra y no nosotros corramos, cuales hámsteres, dentro del engranaje para que la máquina opere por el puro capricho de operar.

Hay quienes acusan a Habermas de idealista, de proponer un sistema impracticable. Mas esto es un imputación precipitada. Por el mero hecho de plantear un escenario limpio en términos comunicativos, él nos invita a escrutar las deficiencias de los sistemas dialógicos presentes y, conforme a ello, explorar luego la posibilidad de optimizarlos.

Hay un hermoso poema de nuestra Mistral intitulado “Dame la mano”. Me gustaría culminar este texto homenajeando al profesor Habermas con sus versos.

Dame la mano y danzaremos;

dame la mano y me amarás.

Como una sola flor seremos,

como una flor, y nada más…

 

El mismo verso cantaremos,

al mismo paso bailarás.

Como una espiga ondularemos,

como una espiga, y nada más.

Te llamas Rosa y yo Esperanza;

pero tu nombre olvidarás,

porque seremos una danza

en la colina, y nada más…

Una espiga, donde todas sus partes constituyen su organicidad en perfecta armonía, y se desarrolla y esparce su hermosa raigambre sobre la naturaleza. Démonos, pues, la mano y hagamos posible la mayor superinteligencia colectiva jamás vista en la historia de la humanidad, esa que resulta de enfundar las espadas y someter al ego, a fin de que predomine el diálogo y la buena voluntad para consigo mismo y los demás, esto es, la pura y vital acción comunicativa.

 

Por Roberto Pizarro Contreras en El Mostrador