En muchos países, y Chile no es la excepción, la violencia en contra de la mujer está a lo menos justificada, ya que aún, se estima que los hombres tienen derecho y control sobre la vida de las mujeres en todos sus ámbitos, o lo que es peor aún, es que, de manera masiva, existe la visión que este acto, la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, muchas de las veces, es provocado o permitido por la propia víctima, la mujer.

No obstante, gracias a la tenaz y perseverante lucha de los movimientos feministas, que se inician de manera más organizada desde la segunda mitad del siglo XIX, donde la francmasonería no solo ha tenido una destacada actuación desde aquellos años, sino que ha sido muchas veces impulsora de éstos grandes cambios, se ha logrado avanzar, posibilitando que estos esfuerzos, cuente con una incipiente legislación de protección que penaliza los casos catalogados como femicidios o de violencia expuesta en lugares públicos o de libre acceso.

Este fenómeno, que no distingue edad, condición social, económica y religiosa, está presente en la vida familiar, laboral, de enseñanza, organizaciones sociales, e incluso, en aquellas también llamadas instituciones benéficas.

Pero subyace, con igual intensidad, “por cultura o normalización de estas conductas”, la violencia sexual y el acoso, el que es definido como cualquier avance sexual no deseado, peticiones de favores sexuales, conductas físicas o verbales o gestos de carácter sexual o cualquier otro comportamiento de naturaleza sexual que pueda ser razonablemente percibido como ofensivo o humillante por quien se ve afectado. Aunque típicamente constituye un comportamiento recurrente, también puede tomar la forma de un solo incidente, donde las mujeres enfrentan cotidianamente situaciones de acoso sexual en los lugares donde realizan sus diversas actividades, formas de violencia que siguen sin ser registradas y no es posible conocer el impacto de las leyes y políticas creadas para su enfrentamiento.

De acuerdo a las cifras entregadas por la Primera Encuesta de Acoso Callejero en Chile, realizada por el Observatorio contra el Acoso Callejero, un 94,7% de las mujeres ha sido víctima de acoso sexual callejero, “práctica a la cual comienzan a acostumbrarse a partir de los nueve años de edad en pleno desarrollo físico y psicológico” y más de un 77 por ciento de las encuestadas dice ser acosada al menos una vez por semana, mientras que un 40 por ciento sufriría de acoso callejero diariamente.

A esta realidad, se suma la “naturalización de esta práctica” que incluye de manera brutal, que muchas de las veces, las propias mujeres se “responsabilizan” o “culpan” o lo hacen con las de su propio género. Su propio entorno, además, tampoco es capaz de brindar los espacios de seguridad y protección necesaria “culpando y responsabilizando” muchas de las veces a la propia víctima y victimizando al acosador. Recurrentes para la justificación de esta práctica, son las frases: el acoso sólo lo sufren las mujeres, por su descuido – las mujeres son las responsables – caminan solas de noche – viste ropa provocativa – bebe alcohol- que es normal que un hombre desee a una mujer, y una serie de otras, las que solo se visten de dar continuidad a sociedades desiguales y abusadoras.

Por lo anterior es necesario poner en la discusión pública que:
• El acoso sexual es una expresión de violencia que afecta la vida de las personas, en especial a las mujeres en sus ámbitos de trabajo, estudio, instituciones sociales, deportivos, además de otros espacios públicos.
• La invisibilidad social y simbólica de estas formas de violencia, su naturalización, son parte de la estructura de género y en esta medida sustentan la discriminación de género y atentan contra la igualdad.
• El acoso forma parte del continuo de la violencia contra las mujeres y su persistencia atenta contra su autonomía.

En este marco, la fracmasonería celebra la Ley recién aprobada, de manera unánime en la Cámara de Diputados, que sanciona el acoso sexual en espacios públicos o libre acceso.