“¿Qué hacen los masones?” es la pregunta que más he oído a lo largo de mis años como masona. Existe mucho prejuicio, mucho mito histórico, y su sorpresa es mayúscula (o, tal vez, pura decepción) cuando les respondo simplemente: “Trabajar”.

¿Qué entendemos cuando pensamos en Trabajo? Seguramente, el estimado lector piensa en alguna actividad humana, ardua, un desempeño de acción y reacción en la vida física que genera cierto producto, cierta ganancia, ya sea social o individual. Seguramente se sorprenderá el lector al saber el origen de la palabra Trabajo, proviene del latín tripaliare. Derivado del latín tardío tripalium, significado de un instrumento de tortura compuesto de tres maderos ¿Significa aquello que los masones nos torturamos, o torturamos? Les cuento, a pesar de la decepción que pueda sufrir mi estimado lector, es que no.

El concepto trabajo, en su noción etimológica puede reflejar lo que hasta el día de hoy sentimos todos aquellos quienes nos desempeñamos dentro de un trabajo remunerado, lo que en su tiempo Montaigne denominó como salvajismo, a aquella ajenidad proveniente de otro respecto de las costumbres propias, quien ante el análisis de la costumbre caníbal de aquellos salvajes éste expresa; “Creo que es más bárbaro comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente, y echarlo luego a los perros o a los cerdos” Con esto no quisiera estimular la imaginación del lector. Nosotros no comemos carne humana, de hecho, muchos somos vegetarianos. Más bien es una analogía a que devorar a un hombre en vida sería negarle su propio sentido del “ser”, sería someterlo, humillarlo, decirle que la equivocación es terrible y que no hay vuelta a superarse. Si pensamos en ello, la muerte en vida sería hoy algo común; la desdicha y la falta de instancias que fomenten el desarrollo del carácter. Se piensa en la vida como sobrevivencia, no como un vivir, siendo el trabajo el instrumento mediante el cual llevamos a cabo dicha hazaña.

Entonces ¿Qué hacemos lo masones? Al igual que los antiguos albañiles, con nuestras simbólicas herramientas trabajamos, en comunidad, siendo unos rupturistas en el uso del concepto trabajo. En efecto, nuestro actuar cotidiano consiste en trabajar el conocimiento, tanto de nosotros mismos como de nuestro entorno, a través del aprendizaje y la experiencia. No se diferencia a lo que comúnmente deberíamos sentir como trabajo. Y no me refiero a la utopía de la intelectualidad por sobre lo concreto. Al contrario, así como el artesano debe conocer las posibilidades de sus propias manos para tallar, así es como el hermano y hermana masón debe conocer las posibilidades de sus propio ser, constituido de sus experiencias más íntimas, de sus intereses, de sus temores y pasiones, para sufrir el proceso tortuoso que puede significar el autoconocimiento. Aquello entendemos por trabajar.

En efecto, el estimado lector conoce a Alberto Hurtado, un abogado laboralista chileno, luchador por la dignidad obrera, pregonaba ya hace muchos años “Cuánto ganaría el hombre si se conociera más a sí mismo” , “Los hombres, cuánto ganarían en su trato si se conocieran más” , reflejando, al decir esto, los beneficios que traería para la propia persona el conocimiento sí mismo, y con ello, al CONOCER de manera más profunda su propio ser, poder RE-CONOCER aquellas características que evidenció en otras personas y que no serían más que figuras propias. El mirar el cuarto oscuro de nuestra persona nos hará toparnos de frente con fantasmas, experiencias, cosas tortuosas ¡Vaya tortura! ¡Vaya trabajo! En eso creemos los hermanos y hermanas masones, trabajamos pues creemos que mediante un conocimiento más acabado de sí mismo, podremos reconocer al “Otro” a ese ajeno, a ese salvaje, ajeno a mis costumbres luchando sus propias batallas. Creemos que logrando la empatía, el amor, la igualdad y la fraternidad podremos contribuir a conformar una sociedad sana, una sociedad más libre de todo castigo experiencial, donde por fin, no temamos mirar al otro a los ojos.

Por Leonor Tapia.