El arte desde tiempos inmemoriales ha acompañado al ser humano como una forma de exorcizar la finitud del Ser. El hombre siempre se ha negado a desaparecer de la faz de la tierra sin dejar testimonio de su paso por este plano; pero sólo no es eso, sino el trascender a través de su obra. Esta era la función que el arte tenía en la antigüedad, función que hoy ha quedado totalmente de lado, siendo sólo un pálido reflejo de las grandes obras que han acompañado el desarrollo de la humanidad y que nos asombran hasta nuestros días.

Para entender esta problemática debemos retrotraernos hasta la cultura griega con el objeto de aprehender cuál era el sentido que tenía para ellos el arte y la importancia que poseía desde el punto de vista estético y ético, dando paso a una conjunción entre arte, ética y estética expresada en lo sublime y trascendente del objeto artístico, cuyo fin era la trascendencia del mismo a través de la admiración, contemplación y arrobamiento que éste producía en el receptor.

El arte en Grecia estaba directamente relacionado con lo más íntimo del ser, esto es, con el ánima o alma del artista, era la expresión del ethos de éste y como tal, el objeto artístico debía representar el conocimiento que tenía el artista sobre el tema en cuestión. Para tal efecto, debía estar consciente de la idea sobre la materia que trabajaba. Pues en la manifestación artística se expresaba el logos o sentido trascendente del objeto en sí.

El logos en el arte se entendía como mímesis, es decir, reproducir de la manera más fidedigna la naturaleza del objeto que se deseaba trabajar. La naturaleza representaba el ideal de perfección y armonía; por consiguiente, el artista debía de ser capaz de capturar la esencia de la perfección y plasmarla en el objeto artístico. De este modo aquello que sólo se daba en el mundo de las ideas, el artista, a través del arte es capaz de traerlo a este plano y maravillar con ello al público.

La praxis del arte convierte al artista en un demiurgo, pues él es el único que puede conectar al ser humano, común y corriente, con la otredad del arte, es decir, con lo sublime y etéreo; en donde lo intangible y conceptual se plasma y materializa en algo concreto y real. El motivo porqué los artistas, a través de las diferentes épocas han gozado de reconocimiento y status social, reside en esta práctica que es develar aquello que el común de los seres humanos no puede hacer. Y por lo mismo, consciente de esta responsabilidad o función social, el artista se esmera por desarrollar un trabajo pulcro e impoluto puesto que no puede desmerecer dicha responsabilidad social.

Por esta razón los griegos establecían la separación entre dos conceptos: poiesis y techné, nociones centrales que nos dan cuenta de la función que el arte tuvo en la antigüedad como expresión de un concepto que permite unificar dos planos: uno inmanente y otro trascendente. Es la unión de estos planos lo que le da al arte su función imperecedera, inmutable e irrepetible en la historia de la humanidad.

El concepto de poiesis se relacionaba con la capacidad creadora del artista, es decir, aludía a la capacidad de establecer una conexión misteriosa – casi mística – con la realidad intangible o superior que se deseaba materializar, por este motivo la tarea de las musas es – seres que intermedian entre el numen mundo de las ideas y nuestro plano – acuñar en la consciencia del artista lo que deben representar en las diferentes expresiones artísticas. El único ser capaz de establecer dicha conexión con las musas es el artista, de ahí su reconocimiento social y la importancia que adquieren en nuestro entorno cultural.

La techné, por otra parte, se refiere y apela al uso y aplicación de técnicas que se ponen al servicio del artista con el objeto que éste, por medio del arte, sea capaz de materializar y reproducir la belleza y armonía que subyace en otros planos y de este modo traerlos a nuestro mundo.
A partir de esta concepción el artista pasa a ser un ser singular en su género, él es el único que es capaz de aprehender lo esencial de la vida y consumarlo en el objeto artístico, con el propósito de exhibirlo al público para su meditación y contemplación. Por este hecho el objeto estético es irrepetible, no existe otro que pueda reproducir lo que primigeniamente capturó el artista en su arrebato de inspiración.

Es esta concepción la que lleva a los estetas a conceptualizar el arte como una instancia de ruptura con lo cotidiano, lo corriente y habitual, y resignificarlo como la búsqueda de una identidad personal, única e intransferible que define el ser del artista en su quehacer estético y en su búsqueda existencial que es absolutamente personal – en la individualidad del ser – o colectiva – en la renuncia del ego y la supremacía del ser colectivo en la búsqueda de un fin último- como es el caso de los constructores de Catedrales

Si partimos de la premisa precedente podemos señalar que la función del arte es la creación entendiendo por esta noción, la búsqueda de aquella idea intangible que mueve y conmueve lo más recóndito del ser, que escapa a lo superfluo y cotidiano; y por ende, conmueve la sensibilidad del receptor mediante la trasferencia que el objeto artístico opera en la consciencia de éste. Haciendo de esta vivencia, una experiencia única e indefinible para el receptor, mediante la experimentación de estados de conciencia particulares, propios de su vivencia y experiencia vital.
Para los constructores de Catedrales su arte tenía como base conceptual la búsqueda de lo sublime y la representación de esta experiencia establecía la conexión con algo superior y trascendente que implicaba conectar a través de su obra al ser humano con una experiencia excelsa y esencial. A ello se le denominó: Arte Real.

El Arte Real se encuentra presente en todas las manifestaciones de la antigüedad, en donde el artista gracias a la experiencia artística y el ser humano en la contemplación de las monumentales obras arquitectónicas y en otras expresiones estéticas es capaz de vivenciar tanto su magnitud como su pequeñez.

Lo sublime en el arte de los constructores de Catedrales tiene que ver con la dualidad entre razón y sensibilidad, moralidad e instinto quedando superada dicha dicotomía en la síntesis unitaria del trabajo arquitectónico que consiste en el desvelamiento del ser, para acceder al encuentro de su unidad primigenia.

En síntesis el arte, desde la perspectiva de los constructores de Catedrales, es el trabajo que cada artesano realiza en su ser con el fin de corregir las imperfecciones que empañan su libertad de existencia. Por lo mismo, el Arte Real enseñaba a construir, junto con la Catedral, un ser nuevo despojado de las distintas máscaras con las que se cubren los defectos y temores frente a la vida. Es el triunfo del trabajo colectivo por sobre el individuo, éste queda relegado al hacer de las logias, anulando el individualismo y privilegiando el espíritu común para conseguir aquella verdad última o esencial que hará libre al ser humano.

La Catedral de Notre Dame simboliza aquella mirada del arte cuyo único propósito delos antiguos canteros, albañiles y arquitectos era lograr, en función de la expresión artística, lo mejor del ser humano, en aras de un perfeccionamiento tanto individual como colectivo. Es conseguir alcanzar lo más excelso y refinado de la manifestación del espíritu a través de la materialidad de la obra.

El siniestro que afectó a la mencionada Catedral representa el término de una época en donde la función del arte no era per se el objeto en sí, sino éste reproducía puntos de vista éticos y valóricos que comprendían aspectos individuales como la manifestación y perfección del ser en la construcción de la obra y colectivo, esto es, la renuncia al individualismo en aras de un bien mayor, para develar la otredad que nos consuma el arte, con el objetivo de aglutinar al género humano en un gran abrazo espiritual fraterno.

Hoy esa perspectiva no existe, la mirada de los viejos artesanos, canteros y arquitectos que existía en Notre Dame en cada piedra, en cada vitraux, estatua, recoveco etc., el incendio puso fin a una época de concebir el arte como una forma expresar lo más elevado y eximio del ser humano en busca de aquella idea rectora del universo que está más allá de nuestra comprensión racional y que ha sido lo que ha movilizado al ser humano en la intelección y comprensión de ello. Parménides nos diría con su filosofía del devenir que la concepción del arte que existía en Notre Dame, luego de la restauración no será la misma, el devenir de los siglos borró, en complicidad con la noche de los tiempos, una época en donde: arte, ética y estética estaban en conjunción con el Ser y la humanidad.

Por Fulvio Ciaffaroni Jara.