«En esto de las mallas curriculares de la enseñanza media andamos dando palos de ciegos hace mucho tiempo», dice a Emol el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, Agustín Squella, que analiza lo que estos cambios podrían significar para el sistema educativo chileno y la formación de los estudiantes. «Nos preguntamos qué enseñar en ella, cómo enseñar, pero no para qué enseñar», agrega. «El drama que estamos viviendo tiene que ver con que los establecimientos, en su mayoría, no tienen respuesta para esta última pregunta, salvo decir —cuando lo reconocen— que enseñan para pasar bien las pruebas generales a las que deben someterse los jóvenes de enseñanza media, en especial la de selección universitaria, y para que los establecimientos aparezcan bien en los rankings», comenta. Para Squella, lo que deja entrever este cambio es más profundo que una o dos asignaturas en disputa. «Siempre hemos criticado a los jóvenes que estudian para las notas, pero los establecimientos han terminado haciendo lo mismo: parecen trabajar casi todos para los rankings», expone.

—Finalmente la resolución del CNED deja a Historia como ramo obligatorio hasta II medio y después de eso como optativo, ¿cómo ve esta decisión? —Hay siempre mucha presión sobre las mallas curriculares, igual que en la universidad. Todos los especialistas creen que sin su asignatura no hay formación posible. Pero lo de Historia me parece mal. La Historia también invita a pensar y habituarnos a pensar, a razonar, a dudar, a argumentar, a corregir, es el fin de toda educación.

—En cambio, sí se incluyó a Filosofía. Para eso hubo todo un movimiento ciudadano, ¿le parece un triunfo? —Está bien siempre que filosofía responda, hasta donde se pueda, a lo que Jorge Millas decía de ella: pensar hacia el límite de nuestras posibilidades. «Hacia» el límite, no «hasta» el límite, porque nadie es capaz de lo segundo. Y siempre que responda también a este otro postulado: que filosofar es entrar en dudas, y no salir de ellas. ¿Y cómo se aprende a dudar? Roberto Bolaño responde: leyendo. El riesgo es que a falta de profesores idóneos suficientes, filosofía se reduzca a unas cuantas lecciones de psicología o, peor, de autoayuda.

—También se crea Educación Ciudadana… —¡Enhorabuena! A ver si conseguimos que las futuras generaciones no canjeen la condición de ciudadanos por la de simples consumidores, y, peor todavía, como ocurre hoy, por la de consumidores crónicamente endeudados y al filo de la neurosis.

—¿Qué es lo que se gana y se pierde con estos cambios? —Se ganará algo, espero, aunque se trata de un deseo y no de una certeza. Mientras los establecimientos de cualquier nivel sigan trabajando para las pruebas y para los rankings, nada cambiará, y harán creer a los jóvenes que educar, como todo hoy, es solo competir: competir por notas, por rendimientos en pruebas, por uno de los tres lugares del podium, por ubicación en rankings, por cupos en la educación superior, por prestigio.

—Y después de la reforma en el papel, ¿qué frentes quedan abiertos? ¿Cuánto del impacto de este cambio depende de cada colegio y cada profesor? —La calidad general de los establecimientos y de cada uno sus docentes es siempre clave. Los docentes tienen que agitar las aguas en la cabeza de los jóvenes, ponerlos en algún grado de tensión intelectual, mostrarles que todo es más complejo de lo que parece, incitarlos a la duda, ponerlos a resguardo del engañoso sentido común, prevenirlos contra los dogmas, despertar su curiosidad y en lo posible su asombro. Por eso es que es tan difícil enseñar: se trata de mucho más que de pasar materias.

—El debate se ha centrado en estas tres asignaturas, que son Filosofía, Educación Ciudadana e Historia. ¿Cuál de ellas es, para usted, prioritaria para la formación de los jóvenes chilenos? —Debería decir la filosofía, dado que la enseño en la universidad, si bien referida únicamente al derecho, pero no lo voy a hacer. No es del caso establecer prioridades. Los jóvenes deben sentir que las asignaturas están allí porque todas son convenientes a su formación.

—Del resto de la malla: Religión queda como un opción y los tres ramos científicos se unen en Ciencias para la Ciudadanía, ¿le parecen buenos cambios? —No entiendo para nada la asignatura de Ciencias para la Ciudadanía: o el nombre de la asignatura está mal o los contenidos están errados. En cuanto a Religión, siempre optativo, lo cual está bien. Ojalá fuera «historia de las religiones» y percepción, a través de ella, del fenómeno religioso, mas no catecismo, no adoctrinamiento en una religión determinada o, peor, en el credo de una particular iglesia de una religión.

—¿Qué es lo que le deberíamos enseñar a las nuevas generaciones a los 17 y 18 años? ¿Un tipo de contenido? ¿Una forma de adquirirlo? —Enseñarles que, al revés de lo que repiten algunos majaderos, aprender es más que aprender a aprender y, además, que aprender no es un juego, como al contrario de lo que se repite con total frivolidad. Aprender es siempre aprender algo, y si bien la enseñanza no tiene por qué ser aburrida, tampoco se la puede reducir a un simple juego. Una sala de clases no es una sala de juegos, salvo en los jardines infantiles, y ni siquiera en estos.

Fuente: EMOL