A partir de las diversas Convenciones y Declaraciones suscritas y ratificadas por Chile, tales como; la Convención 169 de la OIT sobre Pueblos Indígenas y Tribales, la Convención de Protección de la Diversidad Biológica (particularmente lo expresado en su Art. 8J), la Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, y los distintos articulados sobre derechos individuales y colectivos de los pueblos sobre el territorio y sus recursos que se expresan en las Cumbres de la Tierra, de Río hasta Río+20 (Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sustentable), las que han reunido a 178 países y 108 Jefes de Estado, y el reconocimiento de Chile a la existencia de 9 Pueblos Originarios que constituyen el territorio; Aymara, Quechua, Likan Antai, Kolla, Diaguita, Rapa Nui, Mapuche, Yagan y Kaweskar, que, duda cabe, de la urgente e imperiosa tarea de establecer el reconocimiento constitucional a un Chile Plurinacional y Multicultural, y con ello, dar inicio al cumplimiento de los compromisos sustraídos ante la comunidad internacional y a la deuda histórica que el Estado aún mantiene con los pueblos originarios.

Tras la reciente publicación el pasado mes de abril de la Ley 21.15, la cual otorga el reconocimiento legal al pueblo afrodescendiente, a su identidad cultural, idioma, tradición histórica, cultura, instituciones y cosmovisión, se constituye un gran paso para corregir lo que la historia durante años ocultó al país, y que hoy, esta Ley hace justicia y contribuye a visibilizar un pueblo que ha contribuido con sus saberes y conocimientos al desarrollo del país.

Del mismo modo, a esta reciente iniciativa impulsada por los representantes de Arica y Parinacota, es urgente entonces, que nuestro país asuma la tarea pendiente, desde la buena fe y de modo transparente, el gran dialogo entre los pueblos para finalmente constituirnos en un gran Estado Plurinacional y Multicultural, otorgándonos con ello, la hermosa oportunidad de enriquecer nuestro acervo, nuestra identidad, avanzar como una sociedad respetuosa de la diversidad, la justicia, y el respeto a los Pueblos.

Desde la francmasonería, asentada en sus tres sólidos pilares de Libertad, Igualdad y Fraternidad, este desafío es visto como una gran contribución para dar un el paso a la modernidad, a la tolerancia, al saber del buen vivir, a dejar de lado los prejuicios, la ignorancia e iniciar el camino de convivencia e intercambio, entre iguales, sendero que solo contribuye al bienestar del país.

Por Rafael Reyes.