Cuando hacemos alusión al pensamiento humanista, nos situamos en  un imaginario social que se fue desarrollando desde los albores de la humanidad   alcanzando su plenitud en el Renacimiento; en él se consolida el desarrollo de las artes, ciencias y filosofía. En esta época la humanidad da un salto cualitativo en la forma de ver y entender a la sociedad y al ser humano.

El pensamiento humanista tiene su génesis en el Renacimiento y se define por concebir al ser humano como un ser libre para hacer lo que estime conveniente con absoluta independencia de Dios, las personas buscarán su perfección a través del estudio y la acción. Es una valorización del hombre y una ruptura con el Teocentrismo Medieval. Ello genera un cambio sustantivo en el medio político, económico social y cultural. Ideas que se comienzan a generalizar y consolidar a mediados del siglo XIX.

El pensamiento humanista se va a caracterizar por tres ideas centrales. La primera de ella es la razón elemento rector en el quehacer del ser humano, el lema va a ser “Sapere Aude” (Sírvete de la razón). La razón les permitirá a las personas contestarse todas las preguntas que lo aquejan. La segunda idea tiene que ver con la el concepto de historia que facultará a la humanidad contemplar el progreso de la misma. La tercera es la duda que posibilitará el desarrollo de la ciencia y la técnica.

A partir de este momento la humanidad comienza a transitar por una realidad diferente que tendrá como fin mejorar las condiciones económicas y sociales de la población como sus inquietudes espirituales. La ciencia, la técnica y la filosofía alcanzan un desarrollo sin par que tiene su punto de quiebre en la segunda guerra mundial. La humanidad observa horrorizada y atónita como la razón ya no está al servicio del ser humano para liberarlo de la ignorancia, sino del poder político y militar para someterlo y esclavizarlo.

La instrumentalización de la razón en aras del poder, independiente su apellido, nos dará cuenta que las ideas humanistas ya no se ocuparán del ser humano sino se pondrán al servicio del capital o de ideas totalitarias como el nazismo, fascismo y comunismo. En consecuencia, el Estado en lugar de ser protector de las personas más vulnerables devendrá en represor. La política se entenderá como una forma de acceder al poder para desde ahí administrar mecánicamente a una nación. La democracia será un mero ejercicio de elegir representantes, pero sin ninguna vocación por cambiar o modificar el establishment, generado por los grupos de poder.

A las razones precedentes debemos tener en consideración la finitud del “ser”. Heidegger en su obra Ser y tiempo sepulta la metafísica, de acuerdo a como se entendía hasta ese instante, y junto con ello, el sentido de trascendencia de la conducta humana. A partir de este momento, se empieza a configurar un nuevo orden que reemplazará el existente, se pasa desde un espacio ideal, trascendente a uno material e inmanente. En él, el ser es reemplazado por el concepto de sujeto. Y a partir de este momento, la noción de sujeto reemplazará a la de ser y se empezará a hablar de sujeto del discurso, de la economía, filosofía, etc.. Es decir, el ser pierde su concepción metafísica – trascendente, y se materializa en la noción de sujeto.

La ética en este espacio pierde su sentido de trascendencia para las personas, pues el ser queda relegado a la materialidad del discurso y como tal pierde su esencia y, en consecuencia, es sustituido por el concepto de sujeto. A partir de esta circunstancia, las conductas de los ciudadanos quedan reducidas sólo a un fin instrumental – el fin justifica los medios –, y no a uno trascendente y moral. La moral pasa a ser algo relativo que va a depender de como lo entiendan quienes administran el poder.

Por otra parte con el advenimiento de la globalización y de las empresas transnacionales asistimos a una realidad en donde la humanidad queda a merced de fuerzas anónimas que no conoce, pero si sienten y padecen los efectos de sus acciones, en relación con políticas globales que en esta nueva lógica, lo que hacen es despojarlos de sus derechos políticos y sociales.
Las circunstancias reseñadas sitúan a la población en prisioneros de las políticas de las megaempresas, en este orden el Estado la única función que cumple es administrar los asuntos en su nombre; no tiene el poder de hacer frente al capital global, porque ante cualquier intento de hacerlo, la reacción de los mercados mundiales es tan feroz que pueden provocar el derrumbe de la economía interna de un país.

Ante este escenario las personas se encuentran indefensas ante las arremetidas económicas y financieras de las transnacionales; el Estado en su precariedad lo único que puede hacer hoy es mantener un presupuesto equilibrado y regular, en la medida de sus limitadas posibilidades, la ofensiva de las empresas transnacionales, su soberanía no existe, está en entredicho, ante la embestida de fuerzas económicas y financieras sobre las que no tienen el poder de ejercer ningún control, su única tarea es dedicarse a administrar la economía global.

La fuerza que – según Marx – cambiaría el mundo: el proletariado, hoy no existe; fue asimilada por las prácticas del mercado quien nos impone las reglas y preceptos que debemos cumplir, para ello cuenta con el concurso del Estado cuya función es asegurar que se cumplan las normas ordenadas por las megaempresas.

El impacto cultural es tan violento que no hay reacción ni respuesta del mundo intelectual ni del político de plantear un relato que permita darle un sentido trascendente a la vida como lo hizo el pensamiento humanista; sólo diagnósticos que nos hablan del desamparo de la población. Entre los más interesantes se encuentra el de Gilles Lipovetsky que nos habla de la sociedad del desencanto.

El desencanto es transversal, cruza a todos los estamentos sociales y a las instituciones del Estado encargadas de mantener un equilibrio social y político. Hoy por hoy, nos encontramos enfrentados ante desigualdades atroces en el más amplio sentido de la palabra, en donde la precariedad es el leitmotiv que atraviesa a toda la población, adueñándose de la conciencia de los ciudadanos la inseguridad social y laboral. Lo único cierto es un hiperconsumo desenfrenado -parafraseando a Descartes- se resume en “Consumo, luego existo”.

La crisis de las ideas humanistas nos permiten explicar el marasmo ético que se ha apoderado de nuestra cultura Occidental y que lleva a la población – en busca de sentido – a elegir gobiernos con tendencias fascistas o ultranacionalistas. Es la decadencia de la política, los políticos no son capaces de dimensionar el cambio en nuestra realidad y de los partidos – transformados en agencias de empleos y de poder- no son competentes ni capaces para responder a las necesidades de la población o de dar respuestas a las coyunturas políticas desde una acción de justicia social. La población, se siente abandonada e impotente frente a la situación de indefensión en que se encuentra, pues nadie es capaz de dar respuesta a sus demandas y necesidades que los afectan; hecho que lleva al surgimiento, por una parte de populismos irresponsables – como forma de castigo- y por otra, a un desamparo ético y moral.

El abandono de la ética es reemplazada por un pragmatismo absoluto que lo único que busca es mantener el statu quo, es decir, el conjunto de condiciones que permite que la actual situación de injusticia y poder del capital financiero se mantenga; por otra parte ello lo único que hace es minar la esperanza de la población y se traduce en ciertas frases célebres y poco alegres como: “Justicia en la medida de lo posible”, “Hay que elegir el mal menor” – en el caso de los pinocheques- “Razones de Estado” que no resisten el menor análisis. O bien, la colusión de las empresas para expoliar el bolsillo de los consumidores, o el caso Soquimich o Penta que levantaron un revuelo enorme para terminar prácticamente en nada. Todo ello se debe entender en un contexto de pragmatismo absoluto, en donde lo único que interesa es resolver problemas políticos en aras de quienes administran el poder y no en términos de un bien superior como la justicia y la equidad. La razón se debe al hecho que el hacer político tiene como fin la instrumentalización de la acción política y no buscar o defender ese bien superior que es la justicia y la igualdad ante la ley.

Esta situación es tanto o más violenta que un atentado terrorista, porque aniquila y destruye lo más preciado de una nación su espíritu; socava y lesiona los cimientos de la democracia ,y por ende, los valores más preciados de ella: equidad e igualdad ante la ley; en este ambiente los ciudadanos pierden la fe en las instituciones republicanas. Nadie responde ante la impunidad instalada y la ciudadanía contempla atónita como los epígonos de este modelo social esbozan razones que la misma razón y lógica desdeñan.

Frente a esta situación la población se debate en la indefensión más atroz, porque nadie atiende sus demandas de salarios más justos, de una educación igual para todos (pública), lo mismo sucede con la salud y para que hablar de pensiones dignas. La incertidumbre es la lógica que cruza a toda la sociedad y a todos los sectores de la población, no se vislumbra una salida. Sólo escuchamos una retórica vacía que repite los mismos slogans que ya de tanto escucharlos cansan. Sin embargo, ven como la clase política que supuestamente está por resolver los problemas que aquejan a la población en general, no lo hacen en aras de ajustes económicos o de la macroeconomía. Pero, sus sueldos no tienen nada ver con estos ajustes ni con la realidad de la población.

Como podemos apreciar el pensamiento humanista colapsó ante el imperio y arremetida de las nuevas tecnologías, de las megaempresas, del hiperconsumo y de la globalización tanto del capital como de las comunicaciones, son ellos quienes imponen las ideas, éstas ya no son parte del desarrollo del pensamiento humano, sino tributarias de la coyuntura del capital trasnacional y del impacto tecnológico.

El ser humano se encuentra aherrojado en un mundo sin utopías, sin esperanza, la única razón de su existencia es el consumo, porque no hay respuesta a sus problemas existenciales y tampoco materiales. Se encuentra prisionero y es parte de un desorden epistémico que cruza a toda la sociedad Occidental y que tiene que ver con un cambio de paradigma de una cultura analógica a una de orden digital.

La crisis que vive la cultura Occidental manifestada en el desencanto de la sociedad –Lipovetsky- o expresada en un marasmo ético y valórico –Unamuno-, corresponde a un problema estructural en donde las instituciones encargadas de velar por las necesidades de la población, hoy no tienen respuesta y sólo se dedican a administrar un sistema que hace agua por todos lados, que no es capaz de dar cuenta de los problemas materiales que acucian a la población y menos de los espirituales. Es el fin de una época y el inicio de otra que recién comienza a asentar sus bases, desplazando los valores y conceptos que dieron vida y sentido al pensamiento humanista. Nos encontramos ante las antípodas del pensamiento humanista.

Por Fulvio Ciaffaroni Jara (Ph.D).