Tras 50 años del viaje de los primeros hombres a la Luna, las contribuciones de las mujeres dentro del programa son poco conocidas, a pesar de que algunas fueron indispensable para el logro de la gran aventura científica y tecnológica.

Hemos esperado casi 50 años para que la sola idea y proyecto de llevar a una mujer a la superficie de la Luna empiece a sonar como una auténtica posibilidad. Se trata de la misión Artemisa de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) cuya meta es “llevar a la primera mujer y al siguiente hombre” a pisar la superficie de nuestro satélite.

Desde los inicios de la carrera espacial, sólo 64 de los más de 560 astronautas que han viajado al espacio son mujeres, y las cifras en los otros ámbitos de la industria espacial no son distintas. Para el 2017, sólo el 15% de de los equipos científicos de misiones planetarias de NASA estaban compuestos por el sexo femenino.

Exploración machista

Hace 50 años, en los albores de la carrera espacial, la situación era aun más dramática. Resulta difícil creer que en un proyecto en el que participaron alrededor de 400 mil personas dentro del programa espacial estadounidense, que recibía el 3% del PIB de lo Estados Unidos, y que llevó a los primeros seres humanos a la Luna, el número de mujeres haya sido tan escaso y su visibilización actual sea a cuentagotas.

Hubo algunas cuyo talento, pasión, determinación y suerte las hace seguir resonando hasta nuestros días y que representan la brecha para que, tal vez en esta ocasión, una mujer también llegue a pisar la Luna.

Las computadoras con faldas

La participación más notable, contundente y presente de las mujeres durante toda la carrera espacial fue sin duda como computadoras, es decir, un grupo de personas del sexo femenino que se encargaban de lidiar con el gran volumen de cálculos necesarios para poder diseñar y vigilar el buen ajuste de las trayectorias y los diferentes sistemas que subyacían todas las máquinas que la NASA lanzaba al espacio.

El libro de Nathalia Holt, Las Mujeres de la NASA, narra la historia este grupo establecido en 1942 en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA por Macy Roberts, con el objetivo de hacer todos lo cálculos que los laboratorios necesitaban de manera masiva y comprobar el correcto funcionamiento de sus sistemas. “Y así, Macy Roberts decidió que quería hacer un grupo de sólo mujeres, porque estaba preocupada de que, si contrataba a un hombre, no la obedecería por ser mujer”, relata la escritora científica.

Aunque ellas fueron fundamentales en la tarea de llevar un hombre a la Luna por haber hecho los primeros cálculos que llevaron a los artefactos no tripulados antecedentes a las misiones con seres humanos, una de las contribuciones más tangibles fue el desarrollo hecho principalmente por Susan Finley, investigadora que cristalizó en la puesta en marcha de la Deep Space Network (Red del Espacio Profundo) el sistema de comunicaciones sin el cual la famosa frase de Neil Armstrong nunca habría sido escuchada por gran parte de la humanidad de manera inmediata. Esta red aún es utilizada para las comunicaciones espaciales de NASA y Finley permaneció como una de las empleadas con más años sirviendo en la agencia espacial.

La inventora de la ingeniería en software.

Cuando NASA llegó al punto crítico dentro de la competencia con la Unión Soviética volteó a ver a una de las instituciones científica y tecnológicamente más prestigiosas para elaborar el código necesario para programar la nave que haría lo antes inimaginable: llegar de manera segura a otro mundo con seres humanos a bordo.

A pesar de sólo haber podido estudiar una licenciatura en matemáticas en Earlham College —ya que dejó a un lado sus estudios de posgrado para que su esposo pudiera graduarse de Harvard— su dedicación y trabajo autodidacta le valieron estar al frente de la División de Ingeniería en Software del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) donde inventó el mismo término “ingeniería de software”. Se trata de Margaret Heafield Hamilton y estaría al frente del equipo que escribiría el programa informático de vuelo para llevar a Armstrong, Aldrin y Collins a alunizar de manera segura.

Hamilton tenía sólo 31 años en el momento histórico de 1969; y aunque tuvo que superar situaciones como quejas de su esposo por la acumulación de ropa sucia cuando tenía que trabajar hasta muy tarde, o cuestionamientos de si era propio de una mujer dejar a su hija sola en casa, su momento cumbre llegaría cuando se dieron cuenta que su programación había sido tan eficaz que pudo soportar una sobrecarga de información como para priorizar los sistemas necesarios para alunizar de manera segura el 20 de julio de ese año.

En una entrevista para la revista Time, Margaret confesó que tras ese episodio estaba mucho más emocionada y sorprendida de que su programa hubiera funcionado de lo que lo estaba porque el hombre hubiera llegado a la Luna. Su sistema fue utilizado durante el resto del programa Apolo, para Skylab, la primera estación espacial estadounidense, el Transbordador Espacial y para aeronaves. En el año 2016, el entonces presidente, Barack Obama, le confirió la más alta distinción civil que otorga el gobierno estadunidense, la Medalla Presidencial de la Libertad, por su aportación a la más grande hazaña científica y tecnológica de ese país, el programa Apolo.

El encuentro perfecto entre Eagle y Columbia.

Otro grupo de mujeres computadoras, esta vez afroamericanas, conocido como las “calculistas del Área Oeste”, se había conformado desde la década de los cuarenta en el Centro Espacial Langley, para realizar las labores de cálculo para los ingenieros del Departamento de Guía y Navegación, una tarea que era asignada a las mujeres por considerarse repetitiva y poco creativa. Entre ellas, desde 1953, se encontraba Katherine Coleman Goble Johnson, quien muy pronto se convirtió en una pieza indispensable de los vuelos tripulados de NASA.

Brilló calculando el ángulo de despegue del vuelo suborbital de Alan Shepard, el primer estadounidense en el espacio, quien debía terminar específicamente en una zona predefinida próxima a los barcos de la armada estadounidense. Desde allí, los astronautas, como John Glenn, llegaron a pedir que los cálculos de sus trayectorias y vuelos fueran verificados por ella. Y redactó, junto con el ingeniero Ted Skopinski, el primer artículo de NASA firmado por una mujer.

Para la misión Apolo 11, Katherine se encargó de calcular, durante los años previos, parte del programa de retorno de la misión, o Lunar Orbit Rendezvous. Su aportación fue definir el momento en el que el módulo lunar Eagle debía abandonar la Luna para que su trayectoria coincidiera con el Columbia y pudiera así acoplarse para regresar a la Tierra. En 2016 también Obama le dio la Medalla Presidencial de la Libertad y las nuevas instalaciones informáticas del Centro de Investigaciones Langley fueron bautizadas con su nombre.

Un mar de sexismo

Frances ‘Poppy’ Northcutt tenía 25 años en el momento del programa Apolo, y cree que es muy triste que los avances increíbles en la tecnología se hayan retrasado tanto en estos 50 años. “Necesitamos entusiasmo porque eso pone a las cosas en la prioridad. Realmente podemos hacer grandes cosas si realmente nos enfocamos y ponemos nuestro corazón y mente en ello. Podemos resolver grandes problemas. Podemos parar el cambio climático, pero realmente tenemos que enfocarnos”, declaraba en una entrevista con Adam Savage’s Tested.

Y así lo demostró con su participación sin precedentes en el programa espacial, donde se inició trabajando con uno de los contratistas de NASA como calculista desde 1966. Ahí se convirtió en una especialista en retorno a la Tierra calculando las trayectorias, y una de las primeras en ser contratadas en una posición técnica dentro del sector, como parte del equipo de Control de Misión durante el programa Apolo, teniendo su participación más importante en el Apolo 8.

Junto con sus colaboradores fue condecorada con la Medalla Presidencial de la Libertad de Grupo por su contribución a traer a salvo a los tripulantes del Apolo 13. Y el Apolo 17, última misión tripulada a la Luna, se posó cerca del Cráter Poppy, bautizado en su honor por sus grandes aportaciones al programa. Posteriormente, Poppy se convirtió en activista y política para apoyar las causas de género: » Las mujeres en ese tiempo existían dentro de un mar de sexismo… y esa experiencia despertó mi conciencia de querer terminar con la discriminación. Me volví muy consciente de la discriminación en contra de las mujeres.”

La primera mujer dentro del cuarto de despegue En la fotografía de la sala de despegue del Apolo 11 del Centro Espacial Kennedy, donde todo el personal era retenido 30 minutos antes del lanzamiento, se puede notar a una mujer que resalta en medio de un mar de hombres casi uniformados.

Ella es Joann Morgan, la primera mujer ingeniera en ese centro neurálgico de la agencia espacial. Pero estar en ese lugar no le fue para nada fácil. Morgan tenía bajo su responsabilidad controlar la instrumentación. Es decir, monitorear las lecturas de todos los sensores en los cohetes, motores y computadoras. También se encargaba de estar al tanto de cualquier señal soviética que intentara interferir en sus comunicaciones, situación que no era poco común.

La carrera de Morgan comenzó a la edad de 17 años en la Universidad de Florida mientras ocupaba sus vacaciones de verano trabajando en la Agencia de Misiles Balísticos del Ejército, donde logró trabajar con Wernher von Braun, el científico que diseñó el cohete Saturno V, que más tarde llevaría al Apolo más allá de la órbita terrestre. Esto le permitió formar parte de manera casi natural de las dinámicas hasta el momento exclusivas para hombres. “Se acostumbraron a mí y me aceptaron. Y así, por el Apollo 11, el hecho de que me pusieran allí para estar allí en el despegue probablemente no fue una gran sorpresa. Y después del lanzamiento, el supervisor de prueba, que resultó ser el mismo que me dijo que no podía estar en ocasiones anteriores, bajó y me dio un puro cuando estaba repartiéndolos”, relató a Brendan Byrne para NPR News. Después de Apolo 11, la carrera de Morgan despegó. De 1958 a 2003, continuó rompiendo barreras y se convirtió en la primera ejecutiva senior en el Centro Espacial Kennedy.

Protegiendo a los astronautas.

Parrish Nelson Hirasaki fue una de las especialistas de escudo térmico del programa Apolo. En una entrevista para ABC News narra cómo alucinaba cuando su madre tenía como la preocupación más importante de su día qué iba a cocinar para la comida. “¡Esa va a ser mi vida!”, decía. Nada más lejos de su futuro en el que formó parte de la gran aventura espacial. Sus padres la enviaron a la universidad con el único objetivo de que consiguiera un buen marido, y nunca tuvo la expectativa real de tener o mucho menos practicar una carrera. Sin embargo, su consejera en la universidad la impulsó diciéndole que sería una extraordinaria ingeniera mecánica. Aunque sus padres estaban horrorizados con la idea y ella era la única mujer en casi todas sus clases de ingeniería, su desempeño la llevó a ser contratada por la NASA para colaborar en los sistemas de protección térmica, y estuvo ahí durante todas las misiones tripuladas.

Las pruebas críticas del Módulo Lunar.

Elizabeth Muchow relata en una entrevista para WUCF TV que la persona que la reclutó, un hombre por supuesto, le preguntó cómo se sentía de trabajar exclusivamente con varones, a lo que respondió que no le causaba ningún problema. Más cínicamente, también le preguntó cómo se sentía de estar mejor preparada y calificada que los hombres que serían sus superiores. “No me importa, necesito el trabajo”, aseguró. Ella se unió al gran equipo desde 1967 y tenía la tarea inspeccionar los repuestos críticos en el módulo Lunar. Poco a poco su trabajo y dedicación le valieron formar parte de las pruebas más estrictas que se le realizaron a este artefacto que albergaría a los caminantes lunares.

Una de las anécdotas que más ronda en su memoria es cuando fue reprendida por haber manejado un camión para transportar una parte de cientos de miles de dólares al sitio de pruebas del módulo Lunar. Le pidieron que usara su bicicleta, situación que le parecía ridícula dada la importancia y fragilidad de lo que transportaba, y por el hecho de que ninguna de las mujeres mencionadas hasta el momento podían usar pantalones para facilitar sus tareas. Ella siguió aportando al programa espacial hasta el Apolo 17 y la estación Skylab.

Guiando los controles del Apolo.

Saydean Zeldin se graduó en física en la Universidad de Temple en Filadelfia y trabajó en el Laboratorio de Ciencias Espaciales, investigando el flujo de aire alrededor de los misiles enemigos. Encontró su camino hacia la NASA también a través del MIT, donde entró al laboratorio de Instrumentación. En 1966, resultó ser una pionera al trabajar, por encargo de la agencia espacial a la institución, en el sistema de guía del módulo de comando del Apolo, conocido como AGC, y finalmente se convirtió en la jefa de sección.

Es decir que diseñó el software que permitía a los astronautas controlar los motores de las naves espaciales en los viajes de y hacia la Luna, y para dirigir en ingreso a la órbita lunar. Así, ella considera en una entrevista para Astronomy Magazine, que fue la única mujer que trabajó del lado de las aplicaciones, en lugar de en el sistema informático, como Margaret Hamilton. Permaneció activa haciéndole actualizaciones hasta el Apolo 13, después de lo cual sólo se trataba de hacer mantenimiento al sistema.

Las mujeres que sostuvieron la carrera espacial En esta historia, de la cual hacen falta otras varias piezas y eslabones, no podemos dejar de lado a las mujeres que ocuparon posiciones menos protagónicas pero fundamentales. Desde aquellas que cosieron a mano las 21 capas de material sintético, caucho de neopreno y películas de poliéster metalizado de los trajes espaciales con una precisión extraordinaria de la cual dependían las vidas de los astronautas; hasta las que con la misma destreza tejieron, contratadas por la compañía Raytheon, la memoria del ordenador central.

Fuente: El Universal