Cada año, ya sea del 21 al 23 de marzo o del 21 al 23 de septiembre, celebramos el equinoccio de otoño o primavera, palabra que viene del latín aequinoctium la “noche igual”.

En el hemisferio sur, este mes de septiembre no sólo marca el fin del invierno y la llegada del buen tiempo, sino que anuncia el renacer de la naturaleza.

Fenómeno conocido por casi toda la humanidad desde hace miles de años, y que en estas diversas culturas y sus respectivas mitologías se asocia este renacer al triunfo de la luz sobre los misterios de la oscuridad, y es celebrado en países tan lejanos entre sí como Japón, México, Perú, India, Bosnia, España, Egipto, Polonia, Tailandia, etc.

Para la Franc-masonería es una fecha que nos brinda la oportunidad simbólica de renacer, florecer y cosechar todo aquello sembrado en los tiempos que la tierra nos permite sembrar.

Esta “noche igual” donde la luz vence la oscuridad es el espacio de tiempo donde la humanidad puede reencontrase así misma en la naturaleza, en la recuperación urgente del lenguaje del equilibrio y la armonía, el que ya fracturado se hace necesario recuperar para el bien común y el buen vivir de las sociedad global.