En momentos como los actuales, cuando la educación vuelve a ser un tema constante en la política nacional, recordar a Paulo Freire es más que necesario para construir un país donde educar sea sinónimo de respeto, libertad y justicia social. Un país donde la plurinacionalidad, interculturalidad, paridad y equidad sean los pilares para redactar una nueva Constitución donde la educación sea, efectivamente, un derecho al que todas y todos podemos acceder. Una educación que respete y reconozca los saberes de sus educandos promoviendo la reflexión, curiosidad y conciencia sobre el mundo vivido.

El 19 de septiembre de 1921 en Recife, capital de Pernambuco, nace Paulo Freire, uno de los pedagogos y filósofos de la educación más importantes del siglo XX. Recordar a Paulo Freire hoy, en su centenario, es recordar la amorosidad y el respeto al mirar al otro y a la otra. Es también recordar la importancia de la conciencia sobre mí misma, en el mundo en que vivo, y la conciencia sobre el otro y el mundo donde se vive.

Traer a la memoria a Paulo Freire es recordar que, una vez tomada la conciencia en la acción-reflexión del mundo vivido, es necesario encaminarse hacia las acciones para cambiarlo. Hablar de Paulo Freire es describir a un educador en el total sentido de la palabra y no sólo de un método de alfabetización.

Recordar a Freire es recordar a un hombre que creyó en sueños y utopías y que durante toda su vida trabajó para transformarlas en realidad de forma cariñosa, crítica y revolucionaria. Escribir sobre Paulo Freire sin incluir la emoción sería no hablar de él porque todo lo que realizó, lo hizo, incluyendo la emoción y el amor por quienes le rodearon.

Paulo Freire cría su método en el nordeste brasileño donde más de la mitad, de sus 30 millones de habitantes, era analfabeta, sometidos a una cultura colonialista y opresora. Entre las décadas del 50 y 60 trabaja en educación para personas adultas. Su método nace del Movimiento de Cultura Popular de Recife, cuando realizaban un trabajo llamado “Círculos de Cultura”. En estos círculos eran los participantes quienes definían los temas junto con educadoras y educadores, y los resultados eran tan positivos que Freire decide implementar el método para alfabetizar.

La educación, como una práctica de libertad, es concebida por Freire como un proceso de transformación y concienciación a través del diálogo crítico, la conversación y la convivencia. Para Paulo Freire la educación es un proceso de humanización y un acto político que implica un conocer(se) entre sujetos conocedores, y para esto es necesario que tanto la persona que educa como el educando puedan estar en un espacio donde la libertad y el reconocimiento del saber mutuo sea permitido.

En 1964 Brasil sufre un golpe de Estado y este deseo de libertad, educación y conciencia signaron a Paulo Freire como un subversivo, traidor de Cristo y del pueblo brasileño. El exilio lo trae a Chile y es aquí, donde vivió hasta 1969, que escribe una de sus obras más importantes: Pedagogía del Oprimido. El exilio en Chile fue para Paulo Freire el tiempo y el lugar donde pudo sembrar en tierra fértil sus ideas.

En momentos como los actuales, cuando la educación vuelve a ser un tema constante en la política nacional, recordar a Paulo Freire es más que necesario para construir un país donde educar sea sinónimo de respeto, libertad y justicia social. Un país donde la plurinacionalidad, interculturalidad, paridad y equidad sean los pilares para redactar una nueva Constitución donde la educación sea, efectivamente, un derecho al que todas y todos podemos acceder. Una educación que respete y reconozca los saberes de sus educandos promoviendo la reflexión, curiosidad y conciencia sobre el mundo vivido.

En su centenario, la esperanza de una sociedad mejor continúa viva y los frutos de su enseñanza podrán ser cosechados por nuevas y curiosas generaciones que tendrán la oportunidad de vivir en un mundo donde los espacios comunitarios de aprendizaje y salud adquieren valor. Como lo dice en su Pedagogía del Oprimido: “Sin embargo, la esperanza no es un cruzarse de brazos y esperar. Me muevo en la esperanza mientras lucho y si lucho con esperanza, espero”.

Por: Catalina Baeza en El Desconcierto